Somos historias entrelazadas. Lo tengo muy presente. Cada uno de nosotros es fruto de los azares, de las circunstancias, de cada experiencia que ha hecho más o menos mella en nuestro ser y en nuestro psique, y en esencia de cada nueva palabra que sumamos a nuestra historia. Estamos hechas de ellas y puedes verlo en cada vagón de metro, cada tren, cada estación, cada acera, en los pasillos de una facultad, de un hospital, en los ojos de un padre que lleva al colegio a un niño que apenas levanta dos palmos del suelo, en ese hombre viejo que deambula por Ciutat Vella a las nueve de la mañana. Podrías dedicar una vida a hilar los episodios que conducen a cada uno de nuestros presentes, a desgranar las miradas que cruzas y no cruzas con extraños -y no tan extraños-, a contar los pesares que guarda aquella chica en sus ojeras, a leer penurias y carcajadas en los suspiros que profiere tu tutor, tu compañero de clase, tu amigo, cuando se sienta cerca de ti a primeras horas de la mañana.
Hay algo maravilloso en las historias, en tener algo que contar, en aquello que parecería relevante contar e ilustrar con palabras o incluso en aquellos hechos estúpidos y efímeros que intentas coger al vuelo mientras se evaporan, pero consiguen dejar una traza de emoción en ti. Y hay quien invertiría una eternidad en registrar esas historias, desde la más pasajera e insignificante hasta las historias de vida y muerte, de la ficción más absoluta y demencial a la realidad más cruda y directa. Y no por ello serían menos bellas unas que otras.
Creo que escribo por eso. Porque me gustan las historias. Porque me gusta leer la vida como un libro abierto y quizá, muchas veces, tachar una línea y reescribirla a mi manera. Porque creo en que algunas palabras, algunos matices, un simple párrafo que dé una vuelta de tuerca a mi vida pueden ser determinantes a la par que hermosos. Y puede que no sea especialmente bueno escribiendo las historias de quien no conozco, o de quien no existe,
pero disfruto especialmente escribiendo mi propia historia.
Y podría dedicar mi vida a ello.
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domingo, 9 de febrero de 2014
Escribo.
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miércoles, 14 de agosto de 2013
No entendéis lo que quiero.
Coged un sentimiento recurrente. Coged uno de esos pensamientos que se deslizan como luciérnagas ciegas por vuestra cabeza cada noche antes de que la vigilia ceda. Cogedlo, agarradlo por el tórax como una tenaza de hierro. Aprisionadlo. Y luego devoradlo.
Quiero que hagas memoria. Inventario. Quiero que recuerdes cada mal momento, cada buen momento, a cada cabrón, a cada buena persona, quiero que los combines, que los cruces como perros, quiero que conviertas tu mente en el circo que tu vida no puede ser. Quiero que los visualices. Quiero que los transformes.
Quiero que cojas un lápiz, un boli, un teclado, una máquina de escribir, quiero que los uses. Quiero que escupas sobre el papel, que sangres, que lo lances todo. Quiero cada ápice de ti desparramado en la prosa. Quiero un retrato, quiero lo más profundo y agónico de tu alma. Y aún así no es lo único que quiero.
Quiero que leas. Quiero que toques libros, que acaricies sus cubiertas, que lamas las líneas de imprenta, que los leas ávidamente. Tómate tu tiempo. Sólo quiero eso, leer.
No tires tus ratos muertos a la basura. Sigue leyendo. Hojea artículos, periódicos, críticas. No te detengas ahí. Cuando te canses de leer, escribe.
No pares, ni siquiera hemos empezado. Quiero que unas todo lo que has aprendido. Quiero que lo amases, que lo ates a tus vísceras con cuerda de cáñamo, quiero que todo ello sea parte de ti. Quiero que lo transformes y quiero que te transforme. Te quiero mutable, caótico, plastilina, arcilla.
Quiero que viertas tu contenido en el texto. Hazlo. Quiero que no dejes nunca de desgarrarte, quiero que lo hagas cada vez más y mejor. Te quiero creativo, abierto, destructivo, constructivo. Quiero que evoluciones, que seas capaz de mirar adelante, que pintes con tu mente todo aquello que los demás no pueden y quieren. Quiero que halles el equilibrio en ello, tal y como yo querría. Y si no lo consigues, quiero que estés cómodo en el caos. Quiero que te muevas por él como una serpiente.
Te quiero libre. Te quiero lector. Te quiero de todas las formas en que nadie te querrá nunca. Quiero ser tu aprendiz y a la vez tu maestro. Quiero que aprendamos juntos.
Nunca lo dejes de lado, nunca abandones esto. Quiero que halles en estas pequeñas gotas de arte lo que no puedes hallar en el resto de tu vida, quiero que lo conviertas en tu refugio, en tu diminuta sesión de catarsis diaria, semanal, mensual, anual.
Y quizá cuando estés en la cúspide verás que sólo has arañado la superficie, y te maravillarás del infinito que supone tu mente. Te maravillarás de que tienes todo por hacer, y de que ello es hermoso. De que sólo somos gotas de agua de rocío salpicando el acero, y sin embargo poco a poco lo corroemos y lo oxidamos. Y quizá si cambiamos lo que escribimos, y si dejamos que lo que escribimos nos cambie, podemos cambiarlo todo.
Coged un sentimiento recurrente. Coged uno de esos pensamientos que se deslizan como luciérnagas ciegas por vuestra cabeza cada noche antes de que la vigilia ceda. Cogedlo, agarradlo por el tórax como una tenaza de hierro. Aprisionadlo. Y luego devoradlo.
Quiero que hagas memoria. Inventario. Quiero que recuerdes cada mal momento, cada buen momento, a cada cabrón, a cada buena persona, quiero que los combines, que los cruces como perros, quiero que conviertas tu mente en el circo que tu vida no puede ser. Quiero que los visualices. Quiero que los transformes.
Quiero que cojas un lápiz, un boli, un teclado, una máquina de escribir, quiero que los uses. Quiero que escupas sobre el papel, que sangres, que lo lances todo. Quiero cada ápice de ti desparramado en la prosa. Quiero un retrato, quiero lo más profundo y agónico de tu alma. Y aún así no es lo único que quiero.
Quiero que leas. Quiero que toques libros, que acaricies sus cubiertas, que lamas las líneas de imprenta, que los leas ávidamente. Tómate tu tiempo. Sólo quiero eso, leer.
No tires tus ratos muertos a la basura. Sigue leyendo. Hojea artículos, periódicos, críticas. No te detengas ahí. Cuando te canses de leer, escribe.
No pares, ni siquiera hemos empezado. Quiero que unas todo lo que has aprendido. Quiero que lo amases, que lo ates a tus vísceras con cuerda de cáñamo, quiero que todo ello sea parte de ti. Quiero que lo transformes y quiero que te transforme. Te quiero mutable, caótico, plastilina, arcilla.
Quiero que viertas tu contenido en el texto. Hazlo. Quiero que no dejes nunca de desgarrarte, quiero que lo hagas cada vez más y mejor. Te quiero creativo, abierto, destructivo, constructivo. Quiero que evoluciones, que seas capaz de mirar adelante, que pintes con tu mente todo aquello que los demás no pueden y quieren. Quiero que halles el equilibrio en ello, tal y como yo querría. Y si no lo consigues, quiero que estés cómodo en el caos. Quiero que te muevas por él como una serpiente.
Te quiero libre. Te quiero lector. Te quiero de todas las formas en que nadie te querrá nunca. Quiero ser tu aprendiz y a la vez tu maestro. Quiero que aprendamos juntos.
Nunca lo dejes de lado, nunca abandones esto. Quiero que halles en estas pequeñas gotas de arte lo que no puedes hallar en el resto de tu vida, quiero que lo conviertas en tu refugio, en tu diminuta sesión de catarsis diaria, semanal, mensual, anual.
Y quizá cuando estés en la cúspide verás que sólo has arañado la superficie, y te maravillarás del infinito que supone tu mente. Te maravillarás de que tienes todo por hacer, y de que ello es hermoso. De que sólo somos gotas de agua de rocío salpicando el acero, y sin embargo poco a poco lo corroemos y lo oxidamos. Y quizá si cambiamos lo que escribimos, y si dejamos que lo que escribimos nos cambie, podemos cambiarlo todo.
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