Si alguna vez me habéis visto ir de perfecto, cruzadme la cara de un puñetazo, me lo he ganado. Si el concepto de decente me resulta ajeno, el de perfecto me resulta tan lejano como la luna a un perro callejero. La perfección me habría ahorrado muchas cosas, muchos engaños, fallos, nervios, frustraciones y destrozos varios. También me habría vetado el camino a aprender de lo fallido, a tener el ojo puesto donde debo y mantener las esperanzas en su medida justa. Pero aún así, aprendiendo, no dejo de ver que soy mucho menos de lo que debería.
Soy egoísta, neurótico, temo a la soledad, soy inconstante, propenso a volverme adicto, mi autoestima siempre está pichí pichá, me aburro rápido de las cosas y mi humor es a veces una montaña rusa. Intento pulir los defectos cada día, pero ahí están, y quién me conozca los notará.
Siempre hay a quien no le importan mis defectos y que sé que estará ahí siempre, o casi, pero ni tan sólo eso me quita el miedo, el miedo de seguir toda mi vida limitado por mí mismo, por mis pocas luces y mi falta de visión y ambición.
Quiero hacerme una promesa a mí mismo, y mantenerla en vilo, en alto, como un juramento irrompible. No quiero alzar el vuelo del día a la mañana, porque no puedo. No soy un halcón. Pero puedo ser una hormiga e ir construyéndome. Lentamente, día a día. Abriendo túneles nuevos. Sorteando obstáculos. Hacerme tan completo como pueda.
Traedle un trampolín, el perro callejero quiere tocar la luna.
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domingo, 22 de abril de 2012
El balance
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sábado, 28 de enero de 2012
La tara.
¿Cuántas veces me habré repetido a mí mismo que soy lo más imperfecto de este mundo?
Nadie espera ser perfecto, nadie aspira realmente a esa quimera inalcanzable que es la perfección. Un ser libre de fallos, inmaculado, con una vida placentera y equilibrada. Tal meta no sólo es imposible sinó que resultaría aburrida a un humano normal.
El problema es que de tan acostumbrados que estamos a la imperfección, nos quedamos en ella. No aspiramos a la superación, a progresar, a hacer un día mejor que el anterior. No, simplemente nos quedamos sentados, apáticos, rechazamos las oportunidades y nos extrañamos cuando alguien nos dice que lo hemos hecho mal. ¿Por qué es mi culpa hacerlo mal? Soy así. Soy imperfecto, manco, falto de aptitudes, sobrado de taras.
Resulta repugnante. Sufrimos un diseño lleno de fallos, como si Dios el programador hubiese dejado las puertas abiertas a las cartas de reclamación. Como si cada vez que intentas mentalizarte para dar lo mejor de ti algo te anclara a la comodidad, a la mediocridad, a resistirte a avanzar.
Como si en la vida todo fueran cruces a nuestras espaldas y nadie nos diera la mano para ayudarnos a arrastrarlas.
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