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domingo, 20 de marzo de 2016

this is how we walk

No sabes qué escribir a veces porque tienes la sensación de que no tienes nada que contar. Cuando tu vida es cíclica y eres un ratón en su rueda nada parece ser nuevo y cada momento es una copia del anterior. Una burda copia, hecha por un falsificador aficionado, como si cada repetición fuese peor y más estúpida que la anterior.

Antes escribía para buscar algo, puede que placer, o confort, o una sensación de seguridad al plasmar los pensamientos en palabras, esa solidez que adquieren las ideas cuando las sacas del torbellino sináptico y las haces letra y roca. Bebía vino o cerveza y escribía mucho, varias noches a la semana. Intentaba acallarme por dentro gritando hacia el texto. No funcionó, y dejé de escribir. ¿Por qué? Al parecer al dirigirme a la hoja en blanco buscaba sólo autocompasión, o estética, o desgranar mi débil ego en pedazos manejables. Me aterrorizaba ahondar, buscar significados, trascender la mera e infantil ira para buscar los rincones de mí mismo que me dan miedo y asco. Nada funciona cuando te quedas en la superficie. Todo queda en intenciones estúpidas y en zonas de confort blindadas cuando no excavas más hondo.

Hay algo que he estado acallando durante años y quiere salir. Requería hacer cosas, salir de casa, sonreír más a menudo, dirigir mis energías hacia las cosas y las personas que lo merecen, buscar más el aire fresco que los antros con oxígeno viciado. Son unas ganas fuertes, Ganas de estar bien. Mejor que esta vez les haga caso.

jueves, 11 de febrero de 2016

viento tras el cristal

Me pesa vivir bajo la alarma de los monstruos del piso de abajo. Has de tener siempre presente que en el peor momento se escurren por las tuberías, te hablan en sueños, se te enredan en la piel. Toda mi vida conviviendo con ellos, confinándolos, sepultándolos en marismas de aparente seguridad. Y sin embargo encuentran, a veces –raras, por suerte- la forma de volver a someterte.

Tanta mente sana en cuerpo sano y la lengua y el corazón siguen siendo músculos a entrenar. Sales de la zona de confort y todo lo que te devuelve el mundo es una ventisca. Quién pudiera vivir dentro, evitar el roce, el conflicto, vivir sin significado, sin consecuencia alguna, sin dejarse algo por el camino.


Lástima que hayamos olvidado tras eones que la única forma de evolucionar sigue siendo la misma. Eterno ensayo y error. Muriendo por el camino, y renaciendo.

miércoles, 7 de octubre de 2015

don't go down to sorrow

Noches desveladas. En que el único culpable del calor agobiante de la cama eres tú mismo, tú solo.
Noches sin nadie que lance una cerilla encendida a través de la oscuridad. Sin tregua, sin gestos. La pura contienda entre tus dudas estalla. Tus ojos se secan de mirar un techo a oscuras.

Un ruido gris cabalga por el cielo pero aquí abajo no puedes verlo. La única compañía de esta habitación zumba torpemente y chupa sangre. No hay caras amigas impresas en el blanco y muerto gotelé.

No hay luz tuya esta noche, esta vez no.

lunes, 28 de septiembre de 2015

red light means go

Hay días en que no eres realmente tú. Me refiero a cuando la tierra sigue rotando sobre su eje pero eres incapaz de seguirle el ritmo y te quedas atrás. Cohibido y con la boca tornada en mueca, con las sienes martilleando por el síndrome de abstinencia, en franco desaliento.
Días en que ser mínimamente gregario se antoja una odisea, en que los deseos parecen más fuera de alcance que nunca. Apuras el vaso, y tu mente está lejos de allí, probablemente en tu casa, en el monte, quién sabe dónde.

Hay días en que el mundo es un código de barras incapaz de aceptar tus grises. Polarizado y frío, con puertas blindadas caminando por ahí en lugar de personas. Y tú, de todos, eres el pequeño núcleo sensible del momento, y te sientes más de carne que nunca. Frágil y etéreo, rodeado por el tenaz viento.

La música suena y el tempo se sostiene dentro de tus tímpanos, pero tú te niegas a bailar a su son. Quizá no es el momento, quizá te duela la barriga, quizá sientas los ojos secos, la lengua acartonada, tus tobillos y rodillas siendo pequeños ángulos torpes de tu ser. Y no eres tan torpe, ni tan seco, ni tan negado, pero las circunstancias, las miradas evasivas, yo qué sé...

Hay días en que eres un satélite frío y árido orbitando a solas y consumiendo cigarro tras cigarro, cerveza tras cerveza. La anhedonia está pegada a tu ser y nada de lo que tomas parece realmente cambiar nada. Disfrutar es un verbo en lengua extranjera, y entiendes entonces el sentido que cobran las drogas en el mundo.

Hay días en que te sientes alienígena a la Tierra misma, pero quién sabe, quizá a veces tenemos que sentirnos de allí para ser de aquí.

jueves, 13 de agosto de 2015

daydreaming

Tengo sueños recurrentes. El tipo de sueño que te mantiene soñando de día y despierto de noche. Sueño con una carretera con fin concreto, con una ensenada de cariz tétrico donde descansar.
He perseguido ese lugar durante toda mi corta vida y lo único que echo de menos es no haberte podido llevar allí. Perdimos los mapas junto con los papeles y ojalá -sólo ojalá- algún día pasemos por ese mismo punto del camino, y nuestras cosas aún cuelguen de las ramas de un olivo.

El lugar al que me refiero tiene paredes transparentes y se respira aire fresco, y por las mañanas te despierta el sol. La cerveza abunda y las estrellas sacan destellos a tu sonrisa. La suciedad no es un problema ni por fuera ni por dentro y por fin, al fin, en fin, puedes expresar la congestión que te estrangula el alma. El grito sordo y primario que da origen a tus pulsiones. Y el calor al dormir no es un problema porque ningún cuerpo debería estar obligado a dormir solo.

Recuerdo en mis sueños soñar de pie y caminando a través de calles medio iluminadas, y la sien latiendo a intervalos cortos, pum, pum, y el corazón como un metrónomo contando las razones para largarme. Recuerdo la esquina donde torcer para ir a tu casa y gritarte susurros al oído para que nos vayamos.

Si la vida es corta que sean cortos los planes, y si la vida es un caos que lo sean también nuestros caminos.

Quizá así al final se crucen. En aquel lugar.

Donde las estrellas riegan las hojas de los árboles y bajo la luna hasta la porquería se convierte en arte.

jueves, 9 de julio de 2015

manillas rotas

Dices verano y el piloto del aire acondicionado chisporrotea.
La quejumbre del mediodía pesado como el plomo te persigue hasta dentro de los trenes. Cada traqueteo es una sinfonía. Cada eco de tus párpados, un minuto que muere.
Y nos dedicamos a ver el tiempo morir, en sus mil formas y disfraces. A sentir la cerveza hirviéndote las sienes, A que el sol naciente sea nuestro heraldo y las resacas nuestras consecuencias.

A seguir los caminos que quieres seguir porque el tiempo disfrutado es lo único que parece detener los relojes. A retener el grano de arena de la clepsidra en caladas, tragos, besos, mordiscos y las muecas que preceden a las carcajadas. A lanzarte de cabeza a los pozos porque has aprendido que las noches de tu vida son tan naturales como los días y que no puedes levantarte si no has dado un traspiés.

Llevas cicatrices de sol junto a los callos en las manos y las ojeras de no dormir por el calor que ya son tan parte tuya como tu costumbre de pillar resfriados. Aprendes a guiarte por el tictac de las sístoles y diástoles como el aprendiz de músico se guía por el metrónomo y simplemente persigues, persigues aquel grano, para que no muera, para sostenerse en un vacío corporal que nos salve del vacío existencial.

Y que si no podemos rebobinar el momento, lo hagamos durar para siempre.

viernes, 8 de mayo de 2015

fish tits, titty fish

¿Por dónde íbamos?

Estuve rozando los cielos con la punta de mis escaleras, pero con peldaños de cristal nunca subes demasiado alto. Caí y desde entonces lo repito con peldaños de fertilizante.
Repito y repito y el calendario ya no cuenta nada porque los días son para quienes pueden ver el sol salir. Mi sol no encuentra la salida del laberinto porque los guardianes lo tienen amenazado.
Soy tantas cosas que me caben las respuestas en los dedos de una mano. Soy complejo como lo es el cerebro de una oveja. Quizá use aquél: el mío me pidió un reemplazo por correo certificado pero el cartero estaba demasiado borracho para traerlo a tiempo.

Vaya, y qué: los problemas vuelven como las estaciones del polen y en cada estornudo hay un amigo que no serás capaz de recuperar. El mejor cerebro tiene alas y lo llaman golondrina porque siempre sabe encontrar su puto sitio. De qué me sirven mis alas si son de papel y el viento las mece como la túnica del verdugo. Soy el almirante de un navío y me han dado a cuatro paletos con piedras para hundir la Armada Invencible. Soy un héroe de época y la víctima de la misma. Odiábamos a nuestras familias porque al menos ellas tenían un pasado.

Fuimos jóvenes hasta el momento en que empezamos a dejarnos libros por leer. Yo, yo fui un adjetivo y me mantuve indefinido hasta el final. El del registro me tatuó gilipollas en la frente por si las dudas. Trámites legales, ya sabes. El de detrás de la cola se intenta colar y el imbécil se ha llevado el claxon de su coche de imbécil para joderte más y mejor. Nunca has iniciado una pelea pero vives con las ganas de partirle los dientes a tantísima gente.

Cuando vuelves solo a casa sólo ves gatos y quisieras vivir bajo cartones para parecerte a ellos. Fríos y solos como gatos pardos, como aquel iceberg con sentimientos que se derretía en sus contradicciones.


Si me conocieras tendrías un portal a varias dimensiones pero en ninguna de ellas hablan tu idioma. En sus lenguas faltan todas las palabras que te sobran a ti. No te fijarías si yo fuera la luna llena porque son las cuatro de la tarde y el más fuerte de los candiles apenas brilla ante la luz de una hoguera. Tienes toda la información del mundo pero no sabes nada de mí. Sabes cuándo me rompieron el corazón pero no de qué son los bordes de mis piezas. No te hablo por miedo y si terminamos follando probablemente sea por lo mismo. La lupa del final de la botella es un catalejo si lo que buscas son los tesoros que nadie quiere. El alfa y la omega discuten ebrios en mitad de la acera de la gran ciudad sobre cómo llegar a casa y acurrucarse en una cama que nunca fue suya, para despertar con resaca en un mundo que nunca necesitó principio ni final para seguir girando.

domingo, 22 de marzo de 2015

asfixia

Hace tiempo que no vivo los Domingos como antes. Solían marcar el final de un ciclo ficticio, un día de recogimiento y resaca, una tarde de sacar a pasear la pereza y la melancolía. Por alguna razón y aunque siga viviendo fuera del ciclo, siguen siéndolo. Porque las malas costumbres nunca mueren.

Y es en las horas frágiles, cuando el sol cae y bajo las chispas de lluvia muere la luz diurna, que la cabeza da vueltas, y vueltas, y no es el mareo embriagador de la cerveza, es la neurosis de la vida insatisfecha. Es un par de grilletes de años previos arrastrándote hacia las espirales que habías dejado atrás. La fuerza bruta del sentimiento venciendo a tu raciocinio.

Así que me siento y escribo. Como he hecho siempre. Escribo porque es mejor vomitar por las puntas de los dedos que dejar la bilis en el interior de mi cabeza. Porque, como todos los desechos del cuerpo, mejor fuera que dentro. No quieres acumular mierda de nadie en tu cabeza y mucho menos la tuya propia, así que simplemente suelto lo que me molesta. Como he hecho siempre. Con casi todo.

El futuro es siempre una apuesta arriesgada pero lo es aún más estos días. Supongo que ello contribuye a que el clima de mi interior esté perfectamente representado por la lluvia y la bóveda gris, gruesa y grave de ahí afuera. Cuando el camino está embarrado es más difícil saber si te has salido de él. Y eso es todo cuanto somos, ¿no? Caminos. Da igual hacia qué dirección los sigas, vas a seguir topándote contigo mismo.


Ojalá pudiéramos sentarnos y hablar como antes. Y dejar escurrir el Domingo en la compañía silenciosa del humo y la bebida y un par de risas y toses. Pero como tantas cosas en la vida, los ojalás son fardos que dejar atrás en el camino. Si cargas tu espalda con demasiados de ellos, no llegarás a ninguna parte. Mucho menos a donde quieres llegar.

domingo, 1 de febrero de 2015

chuckle for me

Enero vuela como un caballo de carreras.
Afuera hace un viento del copón, sopla como si el organillo del cielo hubiese estado siglos sin cenar y Dios, que es de hacer las cosas tarde y mal, se dispone a recuperar las horas perdidas de faena.
Faenamos nosotros abajo, arrimando al muelle de los días los peces capturados, amasando un salario con sangre y barro bajo las uñas. El músculo tenso te pide al final de la semana su dosis de toxicidad, y tú se la das con placer.

No me acostumbro a que la vida siga siendo el mismo tren que se estrella contra su propio vagón de cola. Tendía a temer al cambio, pero joder, al viejo se lo echa de menos. Buscas profundidad en conversaciones tan profundas como el charco que dejó la lluvia corta e irresponsable del viernes, y no. Lanza tu anzuelo, dime si captas algo entre las ondas de saliva malgastada.

Acallar el silencio con algo. Sí. Morderle el cuello y el alma contra una pared mientras te liberan de tu ropa. Sí. Una risa que dure horas, hasta que la mandíbula me dé calambres. Sí. Una vida nueva, y libre y sucia que aspire a lo infinito, a llevarse los días a bocados en lugar de roer las horas que sólo quieres que pasen. Sí, y una casa en un barrio obrero, y perros en los parques y porros en la cama y edificios que se caen a pedazos cuando la música ruge. Y una guitarra, solitaria sobre las sirenas de la gran ciudad.
Y unas líneas, escritas con pulso indeciso en un pedazo de papel manchado de vino.
Volver, sólo volver.

lunes, 26 de enero de 2015

claroscuro

Hay ya una miríada de noches sin marcar perdidas en un laberinto de gotas de licor. Cuento y cuento y pierdo la cuenta de las oportunidades que he dejado pasar y no sé a quién combatir. Sigo teniendo enemigos y la mayoría están dentro. Y cada copa es un último intento de ahogarlos.

Las voces se elevan y pierdo la cuenta de los días sin meta, de las veces que el sol se pone sin propósito. ¿Qué somos sin razón de ser? Cometas arrastrados por la brisa que acaban varados en una playa mientras el oleaje los arrastra a lametones mar adentro.

Hay cuatro paredes siempre a mi alrededor y ya no sé si su seguridad me estrangula o no. Depende de los días. Depende de la migraña, el humor, las ventas, la política, la charlatanería de muchos y la gentileza de unos pocos. A veces depende de si me guía la sonrisa o la mueca de repugnancia.

Somos monedas lanzadas por apuestas que siempre perdemos, y sabes, hubo un tiempo en que creía que podía ganar. Y ahora quizá pueda aún. Aunque creo que he dejado de saberlo.

Ya no hay dientes como los tuyos que se hinquen en mi cuello y me quiten la sangre para devolverme la claridad. Ya no hay sonrisas amigas en los bares y las miradas me esquivan. Mi pelo crece porque quiere que lo corte otra vez y así sentir algo. La vida sigue por mera inercia de reloj, y el tachar días del calendario es un ritual.

Me falta un mundo por conquistar pero la puerta siempre está cerrada. Y la cerradura es jodida, es una durísima hija de puta y el reto a veces me cansa tanto que repantigarse contra la pared parece la única opción lógica. Y tal vez el tiempo y la erosión y la mordedura de la herrumbre terminen por hacerla ceder. Puede que por entonces mis huesos se levanten y echen a caminar.

O podría echar a caminar ahora. Y aquí. A través del techo y a puñetazos contra las nubes.

martes, 23 de septiembre de 2014

retazos en tren

Somos residuos gaseosos atrapados en la espiral de una vía de tren. Una exhalación lanzada al aire, al humo de un coche en tus pulmones cuando sales a la calle.
Soy descreído con casi todo porque he sido descreído conmigo mismo muchísimos años. Se conoce mejor a uno mismo a través de la desconfianza. Se aprecian mejor los límites, su textura, carácter, su acidez.
Eres un pedazo de carne y hueso propulsado a velocidades insondables sobre un fragmento de roca a través del espacio, en una elipse maníaca. Si tal hecho no nos vuelve locos no veo por qué debería hacerlo saber que tenemos límites.

No somos honorables soldados ni una sinfonía de metal pesado. Somos un puñado de desheredados. Somos un producto de una sociedad postindustrial y cada año de este aún joven siglo lo pasaremos arreglando el puto estropicio que dejaron nuestros predecesores.
Comer para vivir, trabajar para comer, estudiar para trabajar, empobrecerse para estudiar. Estudia esas secuencias, cómo crean vectores a través del plano de tu vida. Toma conciencia de la exacta sucesión de acontecimientos que te han llevado a este preciso momento. A nadie le importa una mierda lo que podría haber sido. Sólo lo que es, esta tangible circunstancia que te ata los pies con una soga a tu exacta localización en este mismo instante.

Mírate y dime que no tienes límites. Dime que no lo has enviado todo a la mierda alguna vez.
Mírate. Dime que no estás harto de esta infinita vía de tren, de dar tumbos. De contar cicatrices cada vez que te rozas con el filo candente de tus propios límites. Dímelo.

Pero no me digas que el estar perdido no te ha endurecido, no me digas que el camino no ha sido revelador. No me digas que ninguna conversación, ningún intercambio de ideas, ningún derramamiento de lágrimas, ninguna compañía inesperada ni noche en vela te ha cambiado. Ni que el látigo ensordecedor de tu propia mortalidad no te ha hecho aprender, no te ha hecho superar la barrera líquida entre verdad y mentira. Después de todo.

Quizá en unos años, cuando estés desenterrando la mierda de mil generaciones, cuando nada te sorprenda, cuando el rotar de los días y el humo de contar las horas parezca la única posibilidad, eches de menos el camino, después de todo. Y el resucitar una parte dormida de ti cada día.

Después de todo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cayado y suela

Es mediodía y las horas, como mi cuerpo, avanzan a medio gas. Sigo odiando la humedad de Valencia y la costra de sudor que deja en mi piel, como un legado, o un recuerdo.
Dos días de resaca y una huella en mi mente, y mi cabeza se escurre de las garras del sueño con la misma agilidad que un ciempiés atrapado en un tarro de miel.
La costumbre de vivir entre casas ajenas se niega a dejarme, y aquí sigo, mientras el aire que entra por la ventana se debate entre seguir obligándome a sudar o darme un puto respiro.

Es la primera vez en dos meses que piso esta ciudad y parece que cada vez es distinta. Es una amante que lleva un pelo distinto cada vez, o un adolescente que evoluciona como una larva en busca de su lugar en el gran esquema de las cosas. Lo bueno de los sitios es que nunca sabes si han cambiado ellos, o tú, o ambos.
Tengo hambre, o eso creo, aunque quizá sea mi estómago pidiéndome clemencia o que hoy no vuelva a beber. Quizá si vuelvo a vomitar esta vez acabe bastante peor, o eso parece.
Acabo de terminar otro libro y ya busco el siguiente, otra mente y prosa que devorar con los ojos. Alguno mejor que el anterior, o sólo distinto. Alguno que me cambie la vida, o que le cambie el color al día. Todas las ofertas son buenas.

A veces me pregunto si visitarte. Si llamar. Si dejar una nota. A veces me descubro buscándote entre la multitud. Pienso que no sé quién eres. Tal vez no lo descubra hasta que no sepa quién soy yo. Tal vez cuando deje de beber, o de resfriarme, o de buscar felicidad o refugio o respuestas en los lugares equivocados, tal vez entonces recuerde tu nombre y tengas una llamada. Sólo que no sé quién serás cuando te vea. Quizá eres como Valencia y cambias, mutas, día a día, segundo a segundo. Con cada gota de cerveza derramada y cada polvo en un garaje, en un coche, en una terraza o en el último rincón de tu piso de estudiantes.

domingo, 31 de agosto de 2014

stone in the wind

Veo los días pasar en caravana. Una secuencia aburrida y previsible de cama, desayuno, ducha, pantallas, comida, pantallas, cena, pantallas. Hastío y autodesprecio. Abrir la cartera y torcer el gesto. Mirar el móvil esperando una oferta, una válvula de escape. Ver pequeños vórtices de salvación en cualquier cerveza o en compañías momentáneas. Sentir cómo el dique se hace más y más alto y te estancas más y más.

Toda mi vida he tenido la seguridad de salir del bache, pero esta vez nada parece seguro. Cuatro años de mierda con un propósito de mierda y la promesa de algo a la salida. Y las promesas se rompen como queso viejo. Y ese algo es la puta calle. Como todos. En el fondo se veía la sombra del paria en esta etapa del camino, pero no lo vi nítido y claro hasta demasiado tarde. Y aquí sigo, viendo pasar los días. Sin trabajo, sin un puto duro, sin cualificaciones, sin futuro. Sólo con algunas líneas mal escritas, un diploma que bien podría usar como mecha y promesas y recuerdos en el cajón. Y el calendario avanza, irreversible. Y tú esperas, irredimible.

sábado, 28 de junio de 2014

fare thee well

Cierras la puerta del piso entre el aroma ocre y salvaje del sudor y el tobogán oscuro de tus ojeras.
Echas un último vistazo a la habitación, las historias espolvoreadas por las paredes, las hendiduras de las chinchetas que sujetaban la bandera te devuelven la mirada. El hueco de tu cuerpo canta desde una cama ya desnuda, todo madera. Una nana de despedida y la promesa del regreso.

Cargas un colchón a lo largo de un buen tramo de escaleras, chocando con los bordes, provocando un estrépito que ignoras. Estás agotado pero algo en tu interior bombea con fuerza. Sales por la puerta y el agresivo sol de mediodía te golpea desde lo alto mientras Benimaclet a tu alrededor te observa. Sabes que nunca existe el adiós sino el hasta luego. Crees en que hay cierta inercia que va a devolverte a tu lugar, que no es ningún otro sino éste. Con ellos, ellas y el aliento de Valencia en las mejillas. Con tantas cervezas, tanto humo, tanta risa y tan inmenso lo aprendido que parte de esta ciudad ya corre por tus venas. Los recuerdos se agolpan en tus sienes mientras entras en el coche. Dejas atrás la calle Murta. Atrás Benimaclet. Atrás el mirador que vigila sobre la universidad politécnica. Atrás la avenida Ramon Llull, Blasco Ibáñez, el barrio de Amistat.
Y mientras unes las piezas del puzzle que tus huellas han dejado en estas calles. Y es asombrosamente correcto y encaja a la perfección. Y dentro de ti prende algo, y una lágrima se desliza por tu mejilla. Nunca se te han dado bien las despedidas.

Y en tu mente sólo da vueltas la idea de que estos cuatro años sólo han sido el principio y de que nunca vas a olvidar que hay vida fuera del pueblo, de que un sofá puede ser tan bueno como una cama, de que caminando siempre se llega a alguna parte, de que los amigos son los mejores puentes y de que las únicas fronteras que existen están en tu cabeza.

So long, Valencia. Nos vemos muy pronto.

domingo, 18 de mayo de 2014

Por un gritón de noches.

Hay un calendario colgado en la pared, y los días tachados marcan la distancia.
Hay una madriguera excavada en el fondo de tu cama, y el vacío en ella clama al cielo.
Hay un recuerdo de la última vez que te quejaste al dormir acompañado. Demasiado calor, demasiado incómodo.

Hay una odisea helénica tras cada uno de los suspiros que envías de expedición y nunca vuelven. Una melodía funeraria por cómo me miras al entrar en el bar y lo poco que dura esa mirada. Y las ganas de huir se acrecentan cuando más observas a tu alrededor.

Hay civilizaciones que nacen jóvenes en tus ojeras y se derrumban en segundos. Una invasión bárbara en cada una de tus neuronas y alojada en el café, desde la primera hasta la quinta taza diaria. En ese temblor al derramar el azúcar, dices, hay un quejido de las emociones que se desgarran dentro de ti, monótonamente, como una caricia de despedida.

Hay un halago monocorde al que no sabes contestar y llamadas anónimas que cuelgan demasiado pronto. Una indecisión flotante tras el murmullo de los tictacs, la falta de tiempo, los nervios, las fechas, los años que no cumples, los aniversarios que nunca borrarás, el calor que se alojaba en tu cama, aquel al que tanto odiabas, y que ahora que lo esperas no piensa volver.

lunes, 12 de mayo de 2014

Transporto fantasías. El tipo de fantasías que te llegan un domingo por la mañana. El tipo de deseos que te arrugan las sábanas y te vuelven los calcetines del revés. Llevo en una bolsa cada uno de los impulsos lascivos que contienen los suspiros al ir por la calle. En una botella, cada ápice de interés en las miradas de soslayo en la biblioteca. He rascado con las uñas el poso de ganas que se secaron en el fondo de las cervezas del sábado noche.

Tengo todas las ganas construyendo un imperio en la parte baja del vientre, creando escaleras hacia torres del morder y el besar. Tengo una novela a medio escribir entre tus piernas y un capítulo que ansío empezar.

No sé si va a ser el calor, pero me muero por follarte.

domingo, 27 de abril de 2014

El domingo está muerto.

Aquella leyenda aparecía impresa en cientos de carteles invisibles por toda la ciudad. El viento suspiraba aquella noticia, las paredes respiraban con el tenue fragor del luto.
La ciudad, hostil, llena de vida y muerte.

El día parecía una estampa de cine negro y resaca destemplada, y él soñaba con albergar en sus manos sendas balas de plata, una para sí mismo y la otra por si no tenía suficiente con sólo una. La acera parecía alargarse bajo sus pasos y el cielo estaba lejos, cada vez más lejos. Poco a poco su vida se situaba en el ecuador de una carrera infinita, salvaje, alienante.

Se volvió un par de veces, oteó a sus espaldas, pero sólo vio rostros ajenos, sin una mirada familiar ni un recuerdo anecdótico de un hogar al que regresar. Echó un vistazo a su alma y el rompecabezas estaba más deshecho que nunca, las piezas arrojadas por todo el suelo como los caídos en el campo de batalla.

De rodillas recomponía la pared a duras penas, mientras afuera el sol terminaba su jornada y con el hatillo a la espalda marchaba a praderas más frescas, menos grises. Y moría el día y con él moría él mismo. Y de aquel domingo sólo quedó una lápida a la que nadie fue a llorar.

domingo, 13 de abril de 2014

Been there, seen that.

Estaba borracho.

A altas horas de la madrugada, en aquellos momentos de transición donde las calles a medio poner convivían con los conductores a medio beber, solía dejarme caer por su casa. A veces de forma accidental, a veces intencionadamente. Me quedaba más o menos de camino a casa y solía aprovechar aquella especie de oportunidad para, no sé, escurrirme del pesado manto del orgullo y someterme.

Solía pasar fugazmente ante la fachada, y con una única mirada sopesaba las ventanas, buscando el destello de una lámpara, una luz encendida, una risa sofocada por los tabiques de ladrillo, a saber. Supongo que sólo buscaba un hola, una mirada de vuelta, un ancla que amarrara mi barco en aquel mar del absurdo. Era, a su manera, una sutil forma de automutilación emocional, y como todas las automutilaciones cumplía un propósito.

Hice aquello varias veces. En algunas iba sobrio, pero no me importaba avergonzarme delante de mí mismo; otras iba tan borracho que cualquier oleaje emocional me llevaba a aquella costa, extrañamente cálida y punzantemente nostálgica.

Me avergüenza reconocerlo, pero sí, he estado ahí, he pasado por ello. La soledad nos empuja a buscar la luz de un faro en la lejanía y a veces la suave lumbre naranja de una lámpara de mesa se nos antoja suficiente. Y por allí pasaba. A menudo. Contento y triste. Como si las ventanas fueran a devolverme, qué sé yo, las migas de mi corazón que fui arrojando por el suelo, por si Gretel volvía.

Resulta que no volvió. Y que cada pequeña raja en el alma que yo mismo me abría cada noche era en vano. Como tantas otras cosas, como tantas otras decisiones. Hay puertas que no podemos abrir y sin embargo seguimos dándoles puñetazos. Y se nos rompen los nudillos, y estallamos en lágrimas de dolor. Dolor sin sentido, heridas porque sí. Y he estado allí, y he pasado, y entre la herida y la salud escogería la salud todas las putas veces. Porque no soy imbécil, y tú tampoco. Y la poesía que acompaña la sangre sólo es poesía cuando estás hecho mierda. El resto de las veces es un árido ejercicio de autocompasión. El creer que detrás de las cataratas de dolor hay un río de abundancia. He estado allí. Y no hay nada. Nada por lo que valga la pena nadar en esa dirección.

No te equivoques. No te hieras. Cambia de acera y no pases por esa calle.

Been there, seen that.

lunes, 7 de abril de 2014

versos cobardes, V

Me planteo seriamente ponerle tope a los lunes. Cerrarle la boca de súbito a todas las penas errantes que embiten por sorpresa, bastardas e inminentes.
Me planteo un punto y final, a veces un punto y aparte, a veces dos puntos y explicar, a veces sólo encoger los hombros, sonreír, escapar.
Imposible no azotarse con un látigo distinto cada día ora una postal, ora una canción, hueco, triste, de ecos henchido.
Imposible, decías es que este Siempre se rompa, y si se rompió al final, ¿cuántos imposibles nos quedan?

martes, 18 de marzo de 2014

la inopia de lo divino

Llevo una cantidad notable de tiempo queriendo escribir esta entrada. He amasado últimamente un montón considerable de pensamientos e ideas sobre el tema de la religión, la existencia o no existencia de Dios y el significado en sí del concepto de divinidad y como además son ideas que provienen de distintas áreas -filosofía, psicología, antropología, incluso biología evolutiva- parece buena idea dejarlo por escrito, ordenar el cajón de sastre y poner al abasto de quien quiera ver un punto de vista alternativo mi visión del tema. Here we go.

Me considero ateo. En torno a la duda razonable que parece levantar la existencia de Dios, uno diría que lo más prudente sería mantenerse en un cómodo agnosticismo -"no tengo ni idea y tampoco quiero calentarme mucho la cabeza así que no me mojo"- pero no es mi caso.
Aunque no caigo en lo obtuso de negar de una forma categórica la existencia de Dios -al igual que un jurado ante la falta de pruebas tiende más a declarar al acusado "no culpable" antes que "inocente"- no puedo negar que el simple uso de la argumentación lógica en torno a la idea o concepto de Dios desmonta gran parte de dicha idea, por tanto, he de considerar que dentro del espectro "Dios no existe" a "No lo podemos saber" me decanto ligeramente por el primer bando.

¿Por qué? Bueno, dejando aparte los casos concretos de religiones concretas -curioso que cada una elabore un Dios distinto y todas quieran tener razón- preferiría centrarme en una imagen neutra de Dios, un concepto más bien ecléctico, o consensuado, como lo podríais llamar: un ente omnipotente, previo a la creación del universo y muy probablemente, de existir, responsable de dicha creación.

Razón número uno: dejando aparte nuestro obvio desconocimiento de otras formas de vida más allá de las basadas en el carbono, y de otras formas de vida alienígenas al planeta Tierra, podemos decir que tenemos un relativo conocimiento sobre los organismos de nuestro planeta. Existe un amplio consenso científico en torno al mecanismo evolutivo como explicación de los cambios en la vida desde el principio hasta nuestros días. Planteamos, pues, que la vida se origina a partir de la aparición, primero, de organismos unicelulares, que a lo largo de un amplio lapso de tiempo mutan y originan organismos pluricelulares, apareciendo desde este punto todas las amplias ramificaciones que forman los distintos reinos. Organismos simples sirven como punto de partida para organismos progresivamente complejos mediante el mecanismo de la evolución.
El concepto de Dios hace flaquear esta idea. La ubicación de un ser divino, omnipotente y probablemente omnisciente y omnipresente desafía la compleja taxonomía biológica, puesto que es difícil imaginar que un bicho así tenga una base física. Y aunque no la tuviera, ¿no resulta chocante que el ser más complejo del universo entero, un ser con suficientes recursos e inteligencia para crear todo el universo, existiera antes del universo mismo? ¿No es ello poner la pirámide de la evolución al revés? ¿Y en caso de que existiese, desde qué organismos evolucionó? Dios parece puesto con calzador en este esquema, entrando en el modelo ordenado y lógico de la vida como un elefante en una cacharrería.

Razón número dos: el concepto de Dios en sí tiene sus raíces en una necesidad cultural y puramente humana -ni idea si otras formas de vida inteligente se han planteado siquiera achacarle a un Dios el marrón de crear el mundo- como es explicar lo desconocido. Ante la incapacidad de recabar información empírica para explicar los hechos naturales -la vida, la muerte, las catástrofes naturales- o bien se define el suceso como inexplicable o se le atribuye a algo que es, a su vez, inexplicable. Ahí es donde el concepto Dios tiene su juego y su origen: en una visión primitiva e ingenua del mundo donde Dios acciona una palanca y las cosas suceden. Es fácil, puestos en esta perspectiva, concluir que Dios es una idea propuesta por un ser humano troglodita y en pañales, muy lejano de los medios necesarios para un pensamiento crítico, científico y cercano a la verdad.

Razón número tres: éste es, creo yo, el campo de batalla más duramente machacado en cuanto a la existencia o no existencia de Dios se refiere: la presencia de evidencia.
Las personas religiosas suelen mantener que no hay pruebas de la no existencia de Dios -que no las hay- cuando la carga de probar la presencia de algo puramente extraordinario recae sobre quien propone dicho algo. Y la ausencia de evidencia a favor, desde el juicio científico habitual, si bien no emite un juicio absoluto sobre que Dios no exista -podríamos ser incapaces tecnológicamente de obtener esas pruebas a favor, por ejemplo- sí que inclina la balanza, y muy notablemente, hacia un "no".
Usando un ejemplo ligeramente demagógico, si por esa falta de pruebas de que Dios NO exista asumimos que Dios SÍ existe, automáticamente abrimos la puerta a afirmar que existen los unicornios, los dragones, los leprechauns, los trolls, el monstruo del lago Ness, Bigfoot, los banqueros honrados y las cuñadas adorables. Pero no lo afirmamos, ¿verdad?
Obviamente podemos abalanzarnos sobre ese resquicio de que "no puedes probar que no exista" pero me parece una pérdida de tiempo y de ilusiones. En la inmensa mayoría de ámbitos científicos la ausencia de evidencia se interpreta como la ausencia de la existencia de facto, y simplemente se asume que el objeto/variable/relación/loquesea estudiado no existe. Curiosamente, en lo que a Dios se refiere nos empeñamos en empujar y empujar ese pequeño agujero teórico, como si en la ínfima duda razonable que queda se tuviera que hallar necesariamente la verdad.

Apoyándome en estos tres argumentos y evitando caer en falacias y fanatismos en la medida de lo posible suelo asumir que Dios no existe. No lo afirmo categóricamente pero es la postura más razonable a mi forma de ver a la vista de los hechos. Quedan aparte los cultos concretos, las supersticiones, el pensamiento mágico y el resto de tonterías -y cogiendo perspectiva parece claro que lo son- en los que la gente parece tan obstinada en caer. No soy doctor en nada y no pretendo sentar cátedra con estas notas sino sólo arrojar un poco de luz al tema y una opinión personal que me lleva hirviendo por dentro desde hace un tiempo. Estaré encantado de iniciar un debate sobre esto con quien sea, siempre que no me persiga con un crucifijo afilado. Besotes y buenas noches.

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