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sábado, 3 de mayo de 2014

El pasadizo trazaba una línea de luz entre la oscuridad, y el prisionero se hallaba al fondo.

El eco de los pasos resonaba a lo largo y ancho del pasadizo, mohoso y húmedo. Las suelas de los zapatos despedían un sonido que,  rebotando contra las paredes del estrecho pasaje, casi hacían vibrar las rejas tras las cuales languidecía el prisionero. Los pasos, cada vez más próximos, rompiendo como un cuchillo el silencio de la celda.

El prisionero levantó la mirada lentamente.  Contra la luz intensa del final del pasadizo se recortaba una silueta oscura, de uniforme, los rasgos ocultos en la sombra.
-Ha sido difícil –murmuró como saludo el interrogador, manteniéndose erguido en el sitio.
El prisionero despegó los labios con algo de esfuerzo, movió la lengua dentro de la boca seca.
-No tendría sentido que fuese fácil.
El interrogador no contestó. En lugar de ello, buscó algo con la mirada a su alrededor. Dio un respingo afirmativo y se acercó a un rincón, llevándose consigo una silla de madera. La puso justo enfrente de la puerta de la celda y se sentó. Carraspeó.
El prisionero permaneció en la misma postura, sentado en su catre. Observó con cuidado los rasgos del interrogador. En su voz algo le sonaba familiar.
-No tienes ni idea de las ganas que tenía de verte al otro lado de las rejas.
Reconoció finalmente la voz. Aquel tono, aquel gruñido seco al final de las frases. Esbozó una media sonrisa.
-Me lo puedo imaginar.
-Oh, no, no puedes.

El interrogador sacó una cajetilla de cigarros del bolsillo del pantalón. Sacó uno y se quedó mirando al prisionero.
-¿Quieres uno? Después de todo estás entre barrotes. No creo que tengas el lujo de echar un pitillo a menudo.
Sin mediar palabra sacó la mano entre los barrotes y escogió el cigarrillo que asomaba de la cajetilla que le ofrecía el interrogador. Éste prendió el suyo con un mechero y aspiró, exhalando a continuación una nube de humo que quedó firmemente asida al ambiente opresivo de la estancia. Prendió también el cigarrillo del prisionero, quién echó una calada y se retiró de nuevo a su catre.

-¿Sabes cómo te llama la prensa?
-No acostumbro a leer vuestra prensa.
-Antimago. Te llaman Antimago. Es bastante rimbombante. E incorrecto. Tus habilidades no són exactamente ésas, pero bueno, no se le puede pedir más al periodismo amarillista.
El antimago rió por lo bajo, repasando aquel nombre en su cabeza. Había tenido peores.
-¿A qué ha venido?
El interrogador fumó y exhaló otra bocanada hacia el interior de la celda. El humo se estrelló contra los barrotes, formando figuras obtusas en la oscuridad.
-No tenemos por qué ser tus enemigos.
-Mentira. Lo sois, lo habéis sido y lo seguiréis siendo. Yo deshago lo que vosotros hacéis. Deconstruyo lo que vosotros construís. Eso es lo que soy. Mi naturaleza es opuesta a la vuestra.
-La naturaleza de un hombre es lo que el hombre hace de ella.
-Un manco no dejará de ser un manco nunca.
-Pero un villano puede convertirse en un héroe.
El antimago rompió en carcajadas. La risa seca y desagradable del prisionero atravesó el pasadizo y chocó contra las paredes revestidas de cal, reverberando durante unos instantes.
-Ése es vuestro problema. Creéis que sólo hay una óptica, una perspectiva, una forma de ver las cosas. ¿Un villano? Mírate. Mira a quienes dan las órdenes sobre los que te rodean. Mira al eslabón de mando al que obedeces. Mira qué han hecho, desde hace décadas hasta ahora, y lo que siguen haciendo. Yo no lo he olvidado y los que me siguen tampoco lo han hecho.
El interrogador miró fijamente a su prisionero.
-Conque me hablas de perspectiva. Dejemos las perspectivas, hablemos de hechos. Tu organización está descabezada. Eso es un hecho por sí mismo. ¿Cuánto crees que durarán sin mando alguno? ¿Crees que van a sacarte de esa celda? Eso no ocurrirá, Antimago. Te tenemos cogido por los huevos y podemos hacer tortilla a voluntad. Harías bien en recordarlo.
El antimago terminó el cigarrillo y lo arrojó al suelo del pasadizo. Se irguió, desafiante.
-Entonces, ¿por qué no me matas? Abre la celda. Méteme dos balas en el entrecejo. O, mejor, usa tus puños. Ni siquiera voy a pedir que uses tu poder. Sólo has de destrozarme el cráneo. ¿Tan difícil es?

El interrogador guardó silencio.

-No estoy muerto porque esto aún no ha terminado. Lo sé yo, lo sabes tú.
-Aún no, antimago –dijo el interrogador, levantándose de la silla- pero pronto terminará. Pronto terminará todo. Y veré la expresión de tu cara cuando eso ocurra. Veremos qué carcajadas llenan estos pasillos entonces.
El cigarrillo del interrogador voló a través del aire, atravesando los barrotes y cayendo al suelo de hormigón de la celda. La colilla siguió ardiendo unos segundos, hasta que se ahogó y se apagó.


martes, 1 de abril de 2014

II

El detective Clarkov le dio una patada a un ladrillo que yacía en medio de la carretera. Con un ruido sordo, el cascote rodó una corta distancia.
Aún sonaba una alarma aislada, un quejido estridente y roto, probablemente de alguno de los coches medio desmenuzados que habían recibido el impacto de la explosión. Asimismo bastaba echar un vistazo alrededor para observar los cascotes y escombros de la cafetería, que llenaban casi toda la calzada, los vehículos reducidos a esqueletos humeantes de metal, las numerosas pavesas y ascuas que aún ardían aisladamente, y con torcer un poco el cuello, los cristales de todas las ventanas -reventados hasta el último piso- en los bloques circundantes.
Sin embargo, aquello no era lo que más llamaba la atención. Quizá los cadáveres, la mayoría ya tapados con tela asfáltica, que resplandecía bajo el guiño intermitente de las luces de los vehículos de emergencia.
Alrededor de Clarkov reinaba el bullicio. Los paramédicos retiraban los cadáveres a la espera de su recogida y parcheaban hemorragias de heridos y mutilados aullantes; la policía echaba fotos a todo, a cada rastro minúsculo del coche volatilizado ante la cafetería, al interior del establecimiento, ahora desnudo y desprovisto de su fachada, al cráter desgarrado en el asfalto, de once metros de diámetro; a los cascotes que ocupaban la calzada ensangrentada y llena de polvo, a los vehículos alcanzados por la explosión y calcinados; los bomberos hacían salir a los aturdidos habitantes del edificio, bajo riesgo de derrumbe, y Clarkov observaba. Lo observaba todo.
Quizá nadie a su alrededor se estuviese dando cuenta, pero el detective estaba haciendo un inmenso esfuerzo por adoptar un rostro hierático en aquella situación. Por dentro, reinaba una fuerte y desconcertada conmoción. Desde la primera llamada recibida a las nueve menos cuarto horas de aquella mañana había estado reconstruyendo la escena del crimen en su mente, entre los informes contradictorios acerca del número de heridos y muertos, las hipótesis que iban a caballo entre una fuga de gas y el uso de una granada de mano y durante el viaje en el coche patrulla que lo había llevado desde Cúspide hasta el distrito veinticuatro.
Como cuando recibes una llamada avisándote de cualquier catástrofe. Tu madre ha sido atropellada por un coche. Tu hermano está en el hospital aquejado de un infarto. La policía ha acudido a tu casa debido a la llamada de un vecino y ha hallado la puerta forzada y el interior vandalizado y desvalijado.
En el mismo momento en que recibes la nueva tu cerebro corre raudo a realizar un diagnóstico. Evalúa la situación y lo hace al alza en pesimismo, corriendo una catastrófica cortina a partir de la cual imaginas a tu madre con daños graves, a tu hermano al borde del cementerio y tu casa prácticamente en ruinas. Clarkov había realizado una evaluación semejante e inconsciente al recibir el aviso del comisario.
Y la escena real era definitivamente mucho más espantosa.
Con pasos largos, intentando mantener determinación y enfoque intactos, se acercó a Popov, su asistente, que garabateaba con frenesí en una tableta táctil.
-¿Han terminado el recuento de una vez?
-Eso me temo, pero es aún peor de lo que nos habían informado por radio, señor.
-Escúpelo.
-Nueve civiles muertos: a uno de ellos han tenido que reconocerlo sólo por sus dientes, señor. Junto a ellos, diecisiete heridos, sumados a dos policías que circulaban por la avenida en esos momentos. Algunos de los heridos probablemente estén muertos de camino al hospital y otros es probable que no pasen la noche.
-¿Los chicos de la Científica han sacado algo en limpio?
-Apenas. Se habla de explosivos plásticos y en generosa cantidad, por las dimensiones del cráter, pero necesitan unas pocas horas más para terminar el análisis.
-Imagino que es inútil preguntar si había alguien en el vehículo.
-Nadie, señor. Era un vehículo robotizado que se movía conforme a una ruta establecida, de éstos que se pusieron de moda hará un par de años, cuándo Sebare copaba el mercado, ya sabe. Sin pasajeros y probablemente sin rastro alguno que podamos obtener del vehículo en sí.
-Menuda jodienda.
Clarkov paseó la mirada de nuevo por el escenario. Algunos superiores de su brigada se acababan de personar en el lugar y a juzgar por sus rostros, tenían tantas ganas de arañar algo de información concreta como él. Un teniente rollizo, llamado Evenevich –o también Calabaza, comúnmente desde la boca de los miembros más jocosos de la Brigada Interna- de grandes mejillas sonrosadas y pelo canoso que asomaba por detrás de unas orejas pequeñas y curiosas lo divisó y se acercó a él, uniformado, bamboleante y furioso.
-¿Algo en claro sobre Crahe?
-Apenas, señor. Tan sólo que estaba sentado en un rincón de la cafetería junto con su guardaespaldas cuando detonó la bomba y que apenas hemos encontrado restos de él para llenar un dedal.
Calabaza resopló, a caballo entre el disgusto y la indignación absoluta.
-Esto huele a atentado, sargento. Apesta a quilómetros.
-Bueno, señor, parece que Crahe frecuentaba la cafetería con asiduidad. No habría sido difícil ubicarlo allí y planear un atentado. Desde luego, no parece exactamente casual.
-Maldita sea, Clarkov. Tengo a la prensa mordiéndome el culo y Kalashn quiere un informe en su pantalla en una hora. Y por si no fuera suficiente, mi departamento está saturado de llamadas de la corporación Capricornio y uno de los portavoces de su consejo quiere verme esta tarde. Necesito algo sólido. Pronto. Pistas, un móvil, algo donde empezar, lo que sea.
-Estamos esperando a los resultados de la Científica, señor.
-Pues mételes prisa, no me creo que todos los días les toque analizar residuos de bomba. ¿Has hablado con Chernyj?
-La tengo en radio, señor, pensaba contactar con ella ahora.
-Hazlo. Sin dilación. Quiero el informe en cincuenta minutos en Servicios Internos. Espero que Popov sea rápido escribiendo.
El teniente Evenevich hizo lo que Clarkov no podía evitar hacer cada par de minutos y dejó pasear la vista por el caos. Las ambulancias parecían estar dando cuenta de los últimos heridos y dos vehículos gubernamentales empezaban a subir a bordo a los cadáveres para su traslado al depósito. Curioso cuanto menos cómo un explosivo, en un lapso momentáneo, había abierto una raja de arriba abajo en los años de paz de los que los mayik no dudaban en hacer alarde.
-Clarkov… ¿crees realmente que es un atentado?
-Si he de valerme de las corazonadas, señor, sí, a mi juicio lo parece.
-¿Por qué? ¿Por qué ahora? Escoger a Crahe precisamente no ha sido casual.
-Nada de lo presente lo es, me temo.
La alarma de uno de los coches desmenuzados disminuyó el volumen, sonó dos octavas más abajo durante unos segundos, empezó a ahogarse, marchita, y se apagó. Su silencio pareció por unos momentos más pesado que todo el bullicio.





La vivienda era un acomodado apartamento de noventa metros cuadrados, en el séptimo piso de uno de los rascacielos colindantes con los límites entre el distrito cinco y el cuatro, rozando casi la gran avenida que separaba la metrópoli de lo que se consideraba su centro, Cúspide.
Como una aguja plateada erguida en mitad del ya de por sí pudiente barrio, el edificio dominaba con su brillante fachada y prominente verticalidad las vistas de gran parte de la capital, sobre el resto de las construcciones circundantes. Clarkov recordaba a menudo que si no fuera su esposa la arquitecta que había diseñado tal edificación, ni siquiera podría soñar con vivir allí arriba.
En un bostezo acristalado, dos puertas automáticas cedían el paso a un amplio vestíbulo general, donde a mano izquierda el portero uniformado examinaba con ojo crítico primero y gesto cordial después a todo ajetreado vecino que atravesara la sala y caminara sobre el suelo de baldosas blancas y negras hasta el ascensor. Una vez dentro, un saludo robótico personalizado, paredes de un plateado y aseado metal pulido y una pantalla plana con las noticias principales del día acompañaban al pasajero hasta el piso correspondiente. Aquel día, las llamas, heridos y la fachada del edificio de la cafetería rajada de par en par como una exclamación de sorpresa eran el principal tema de actualidad. Clarkov se pasó la mano por los ojos, como si con ello barriera la fatiga de encima de los párpados, mientras el telediario vomitaba una y otra vez la imagen de los escombros que ahora eran el sepulcro de Nikolai Crahe.
Al salir del ascensor, Clarkov puso la palma de la mano sobre la superficie de la puerta de madera de nogal y con un suave silbido los sensores leyeron como un libro abierto sus huellas, y trazando una señal positiva y con el aviso de un pitido afirmativo le garantizaron el acceso al apartamento.
La casa en sí no era moco de pavo: amplia, bien iluminada y amueblada, moderna, con paredes de colores beige y cálidos que imprimían bienestar en la simple transición del umbral de la puerta hasta el vestíbulo. Lámparas de estilo modernista como pequeños árboles de hierro forjado y cuadros antiguos con marcos clásicos añadían otra pincelada a la decoración más bien ecléctica que lucía la casa y aportaban una luz que ya no regalaba el sol, que, ya oculto, abandonaba la ciudad a una serena oscuridad, sólo perturbada por las miles de luces furtivas que desprendían los edificios. De pie frente al amplísimo ventanal que dominaba la sala de estar, Marina Hovard observaba con una copa de vino en una de sus manos el rostro nocturno de la ciudad, parte de la cual había nacido de su creativa mente y los planos esbozados por sus manos.
-¿Un día largo? –preguntó ella sin volverse, advirtiendo la presencia de Clarkov a sus espaldas.
-Un infierno –bufó él, dejando su cartera sobre un mullido sofá y despojándose a continuación de la gabardina- un largo, frío y laberíntico infierno. ¿Y tú? ¿Día productivo?
-Sigo trabajando en el templo flotante que encargaron los del distrito tres –respondió ella, con tono de hastío- Es una pesadilla conceptual. Llevo cuatro esbozos y dudo que haya ingeniero sobre la faz de este planeta que pueda hacer real ninguno de ellos.
-¿Pueden conseguir esos religiosos que me vuelva a funcionar la espalda como es debido? -Clarkov dejó la bolsa de mano que llevaba colgada en el suelo y arqueó todo el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, inclinándose en los talones al tiempo que sus vértebras se encajaban con leves crujidos- Estas jornadas me dejan de un oxidado que no es ni normal.
-Lo puedes preguntar, pero sabes que son más de hablar que de otra cosa.
Marina se volvió. Su semblante, de piel morena, y sus facciones delicadas entornadas por un pelo corto, casi masculino, negro como ala de cuervo, la harían parecer mucho más joven de lo que era en realidad, si no fuera por sus ojos, también oscuros, de mirada a momentos dura y a momentos dulce, penetrantes, inquisidores.
-Sí, definitivamente tienes pinta de cansado –afirmó ella, bebiendo un trago de la copa de vino mientras Clarkov, alicaído, se dejaba caer en una silla y se quitaba las botas, que con un golpe seco caían en el suelo de madera falsa.
-Menuda locura de día, Marina. De verdad. Hemos redactado tres informes. ¡Tres putos informes! Uno preliminar, otro con los primeros datos de las bombas y un tercero con las declaraciones de los testigos que seguían enteros. Y para el último, claro, he tenido que ir junto con Popov a las tres comisarías del distrito –porque tantos malditos testigos no cabían en sólo una- a obtener datos de aquella pobre gente. Ellos boqueando, llenos de rasguños, heridas, algunos aún con sangre y polvo en la cara… varios han estallado directamente en lágrimas… y la mayoría no sabía decir mucho más que una mera descripción del coche, si no nada. Y luego un fogonazo. Y pitido de oídos. Un pobre hombre ha perdido las dos piernas y nos hemos pasado por el hospital a intentar obtener algo que facilitara nuestro enfoque. Apenas ha podido juntar dos frases antes de entrar en crisis y terminar en un coma profundo en nuestras narices. Ni siquiera sé si sigue vivo.
Marina, con gesto preocupado, le apretó el hombro con comprensión.
-¿Sabéis ya el autor?
-Nada. No tenemos absolutamente nada. La composición del explosivo, con una relativa certeza, es todo lo que podemos seguir. Cualquier otra pista…posibles enemigos de Crahe…grupos terroristas operativos que conozcamos…es borrosa y poco lúcida, humo en el mejor de los casos. No se veía algo así desde antes de la tregua, deberías ver las caras de la gente en el departamento, Marina. Están aterrados.
-No me extraña.
Clarkov se habría negado rotundamente a contarle el avance de la investigación si hubiera sido cualquier otra mujer. Incluso si hubiese sido su anterior esposa. Pero Marina Hovard era sobre la faz de este mundo la persona que mejor sabía leer al viejo Asier Clarkov, la única que sabía descifrar punto por punto los jeroglíficos que proyectaban sus grises iris cada tarde al volver a casa. Marina sería una tumba acerca de todo ello para cualquier otra persona y por ello incluso se daba a veces el lujo de discutir asuntos técnicos de los casos, más de una vez corrigiendo a un boquiabierto Clarkov.
Marina dirigió la mirada, ligeramente ausente, hacia la metrópoli casi infinita que crecía más allá de la ventana. No había llovido tanto desde la firma de la tregua entre los nomu y los mayik. Una tregua desigual, injusta, basada en la pura fuerza y superioridad militar y estratégica de los mayik sobre la escoria nomu, evolutivamente inferior, falta de recursos, valor y dignidad, aunque su número fuera mucho mayor; pero una tregua al fin y al cabo. Casi tres lustros desde el término de las represalias, los ataques y las explosiones que dejaban ecos y cicatrices en el pasado colectivo de ambos pueblos. No quedaba constancia en ningún archivo de un solo muerto directamente relacionado con la violencia racial en diecisiete años, a excepción de trifulcas fronterizas o situaciones tensas en los guetos –el hambre calienta los corazones y alienta a enseñar los dientes, como cualquiera sabe- pero que no solían llegar a más en el momento en que los mayik hacían una singular demostración de poder y forzaban a retroceder a los andrajosos nomu mediante el puro miedo. La opinión general de la población mayik consideraba impecable la actuación de la policía, todo un ejemplo de serenidad y templanza ante el azote de delincuentes problemáticos.
Y sobre aquella paz, el crecimiento de la sociedad mayik había llegado a la excelencia; y las creaciones de Marina, pequeñas, medianas, grandes masas de hormigón, acero y cristal, florecían en cada uno de los distritos añadiendo luz, color y arte a un pueblo en fulgurante ascenso. Todo aquella estabilidad, aquella comodidad y desarrollo, fundados sobre el solo principio de la paz… Marina pensó por un momento de que le dolería que otra bomba dañara a sus creaciones como un cuchillo contra la tela. Quizá más que si una bomba volatilizara a más civiles en una nube de polvo y víscera. Este pensamiento le hizo subir una nube de repugnancia desde el estómago, y arrugó instintivamente el gesto.
Apartó aquellas cavilaciones de su mente y se agachó para besar a Clarkov en la cabeza, quien seguía frotándose los ojos, como intentando eliminar los profundos surcos de sus ojeras.
-Ánimo, Asier. –lo confortó ella- Esto terminará pronto y los asesinos darán con sus huesos en la cárcel. Estoy convencida.
Clarkov contestó al beso acariciándole el rostro y con otro beso, éste ya en los labios, plácido y gentil. Marina cogió la copa de vino, ya vacía, y se alejó hacia su estudio, de donde asomaba la suave voz azulada del plano interactivo. El detective, algo más despierto, levantó la cabeza.
-Oye, ¿dónde está Niko?





Niko Clarkov jugaba en una habitación contigua. Sin darle demasiada importancia a lo que estaba haciendo, observaba con aire distraído una serie de cubos de colores. Dichos cubos de colores con letras levitaban en el aire, ingrávidos, mientras Niko los observaba. Al tiempo que él bajaba la mirada, los cubos descendían sobre la alfombra que cubría el suelo de la habitación y, alineados, formaban palabras. Cuando Clarkov padre entró en la habitación, los cubos rezaban “Hola, papá”.
Clarkov sonrió, cómplice, se puso de cuclillas y fue a besar en la cabeza a su hijo de siete años.
-Cada vez te sale mejor, chaval.
Niko contestó al elogio de su padre con una amplia sonrisa y, sin mover ni un músculo, hizo levitar los cubos, uno por uno y ordenadamente, ubicándolos en forma de torre en un rincón de la habitación.
El dominio de la telequinesia del niño mostraba una singular precocidad. La mayoría de los mayik ni siquiera con esfuerzo podían mover más de dos objetos simultáneos a su edad. Niko movía ocho, incluso nueve, con cadencia y cuidado, manteniendo un grado considerable de precisión. Con siete años ostentaba un grado Piorp en el sistema Kalc de enseñanza, grado que normalmente ostentaban los treceañeros si su talento superaba la media.
Clarkov no podía estar orgulloso de todas las cosas que había hecho en su vida, pero sí lo estaba de su hijo. Lo observó, distraído, mientras el niño levantaba un tren de juguete sin tocarlo y lo depositaba con cautela sobre una cómoda.
Pensó en lo que hubiera sucedido si Niko hubiera estado en un coche a diez metros escasos de la cafetería del distrito veinticuatro. En aquel preciso momento y lugar. Y una explosión hubiera barrido su vida del mapa como bien sopla una vela.
O si hubiese sido él mismo. Un agente caído en acto de servicio. Una lápida más donde llorar. Un niño huérfano de padre con una cicatriz vitalicia en el alma.
Fuera quien fuera el responsable, nomu o mayik, iba a recibir sobre su rostro todo el peso de la Brigada Interna. Tarde o temprano. Clarkov asintió para sí sobre ese pensamiento, resoluto.
Su teléfono móvil silbó desde el bolsillo de la gabardina, gritón, alarmista. Clarkov se incorporó con un crujido de las rodillas y fue a sacar el dispositivo.
-Clarkov.
-¿Ya?
-Ya veo. ¿Evenevich quiere que nos pongamos con ello ahora?
-Entiendo. Me pondré en marcha. Te recojo en la central en quince minutos.
Cortó la llamada con el pulgar mientras el móvil emitía un sonoro quejido.
-¿El deber llama? –preguntó Marina desde el estudio en la habitación contigua.
-Parece que los explosivos han dejado su rastro –contó Clarkov brevemente mientras se vestía con la gabardina y cogía las llaves de su vehículo de la mesa del salón- Una mina en uno de los distritos exteriores avisó de un robo hace apenas una semana.
Marina asomó la cara por el borde de la puerta, con gesto de preocupación.
-¿Y has de ir ahora? –resopló, medio en broma, medio en serio- los encargados deben estar durmiendo.
Clarkov esbozó una media sonrisa antes de salir por la puerta.


-Ése es el tema, cariño. La mina nunca duerme.

martes, 7 de enero de 2014

I.

El valle de Khavn podía ser descrito solamente utilizando las palabras “barro” y “mugre”.
Excavado en tiempos lejanos por el trabajo hombro con hombro de la erosión y de un antaño bravo río, era ahora una alfombra de terreno fangoso, húmedo y negro sobre la cual crecía un asentamiento, del mismo nombre y no menos infame: el gueto de Khavn.

El gueto era algo más que una extensión del fúnebre yermo oscuro de las afueras de la gran ciudad, más que un páramo viejo salpicado de casas derruidas y más amontonadas que construidas. Amanecía justo antes de las primeras luces del alba, cuando los jornaleros salían hacia los campos de cultivo, de tierra oscura, hostil, fértil a cambio de horas de partirse el lomo, con la azada al hombro, renqueando de vejez y fatiga. Durante toda la mañana bullía de actividad, cuando la plaza principal, un círculo vacío de edificios en torno a la gran estatua, se atiborraba de tenderetes de comercio y griterío de verduleros, zapateros, carniceros, pescadores, fruteros, sastres, hasta que la garganta los abocara a la tos y al silencio o hasta el fin de la hora marcada para el mercadillo.

Varias veces al día se podía ver a la milicia local, un grupo de civiles nomus del lugar que recibían una placa y un arma y la orden de procurar cierta armonía en la zona. La realidad era bien distinta: en primer lugar, nadie de la milicia se atrevía a alejarse más de diez manzanas del mercado central, puesto que a partir de esa misma distancia lo probable era que las bandas locales tuviesen más armas y puños que la misma policía.

Y en segundo lugar, la milicia tampoco intervenía en los asuntillos de las bandas a cambio de ciertos pagos y, cómo no, de la seguridad de sus familias. Un trabajo complicado, estar en la milicia, pero para algunos superaba con creces el partirse el lomo desde el alba en los huertos de tierra negra.
Por supuesto, a veces las bandas creaban tumultos demasiado gordos como para que un hatajo de nomus restableciese el orden. En ese caso, el Ministerio del Orden se molestaba –brevemente- en atender a los mediocres e inferiores nomus, enviando una patrulla de su policía. La policía real. Gente muy superior a un nomu de pacotilla.
Con una pizca de poder, los problemas solían finalizar pronto, y la policía de verdad volvía a la ciudad para que los nomus pudieran recoger a sus muertos.

Pese a los incidentes y a lo común que era encontrarse un cadáver por la calle en el camino entre el lugar de trabajo y el zulo, chabola, barraca o casa de barro que constituía la vivienda más común, Khavn tenía sus puntos positivos. Se decía que quien hubiera crecido en Khavn no tendría problemas en pasar hambre durante una larga temporada, o en sacar comida de cualquier lugar. Recuerdo un par de historias que contaban en otros guetos, sobre las míticas bandas de ladrones de Khavn, míticos ya no entre los gremios de rateros sino en la vox populi: era suficiente susurrar el topónimo mientras hablabas de tus orígenes para que todos aquellos que te rodearan comprobasen sus bolsillos. Un tic cultural en toda regla.
No era completamente cierto, sin embargo. Khavn seguía siendo aquel gueto de chabolas, más de ladrillo que de hormigón, de corazones más baldíos y azotados por el viento y el polvo que por la fortuna y la esperanza. Pero la tierra negra daba abundantes frutos, la criminalidad estaba más relegada a los bajos fondos del gueto que nunca y los rumores de una nueva mina abierta al norte de la barriada prometían más trabajos y mayor tráfico de mercancías y créditos. En la marejada económica que agitaba el país, no era el más desesperanzador de los panoramas.

El lado oscuro de la fortuna es que nunca alcanza a todos por igual. Como la lluvia, sólo anida en las hojas más altas y anchas, aquellas que han aprendido a poner las manos en cuenco y recoger buena parte del botín. Cuando las hojas altas cubren el bosque, el suelo apenas llega a quedarse con lo que rebosa y cae. Y lo mismo ocurría en Khavn.

Esta historia narra las vivencias de alguien del suelo. Alguien sin importancia, alguien totalmente prescindible. Un par más de manos cubiertas de callos y suciedad.
Apenas una moto de polvo en un bosque sin árboles.


 __________



Trevor solía pensar que podría terminar alguna noche formando parte de la materia en descomposición que formaba parte del callejón sin asfaltar donde vivía. Una puñalada al pulmón. Una bala en los intestinos. Un golpe certero a la sien que lo dejase seco.
No le faltaba razón.
Llevaba un par de días languideciendo en su casa, al extremo norte de una de las calles meridionales del gueto. Hacía esquina con otra calle, igualmente sórdida, sembrada de charcos cuando llovía y de mierda de perro cuando el tiempo era seco.

Trevor echaba las horas sobre una colchoneta de lona en uno de los rincones de la chabola, de una sola habitación, paredes destartaladas de ladrillo de una sola hoja, ventanas cuyo cristal estaba medio unido con cinta adhesiva y latas de cerveza vacías en el suelo. Cada par de horas, se levantaba con un gruñido, agarrándose la venda que le cubría parte del abdomen, y se acercaba al retrete discretamente tapado por un biombo, también necesitado de reparaciones, en el otro extremo del habitáculo. Luego abría otra de las ventanillas para airear el resultado.

La herida debería estar ya curada. Era apenas una rozadura, una bala perdida que pasó silbando a escasos centímetros de su riñón pero que eligió en su lugar llevarse un buen pedazo de piel como recuerdo, y que lo dejó sangrando y lo suficientemente asustado como para no intentar otro robo en una larga temporada.

Bostezó. Meneó la botella de plástico, vacía, al lado de su desvencijada cama. Ni una gota de agua. Recorrió con desgana los escasos metros hasta un pequeño refrigerador. Dos salchichas, lechuga rancia con un nada apetecible color verde oscuro, una manzana, latas de legumbres en conserva.
Se pasó la mano por el pelo corto, áspero, castaño. Necesitaba dinero o iba a tener que cazar ratas con un palo afilado. Se preguntó si el amigo de Garrett se prestaría a volverlo a contratar en el viejo taller mecánico. Dio un par de vueltas a aquel pensamiento. Cada vez dudaba más de que la respuesta fuera sí. Los trabajadores del centro del gueto no tragaban para nada a los del distrito sur.

Tras meses desempleado, había tenido que recurrir a métodos poco ortodoxos para poder llenar la nevera. Un coche robado de un mercader nomu moderadamente pudiente. Llevar una furgoneta, cargada de cajas de herramientas, cargadas a su vez de droga barata y con más polvo de ladrillo que ingrediente activo, más allá de la empalizada que separaba Khavn del gueto más cercano. Atracar una pequeña tienda de armas. Aquello último salió como tenía que salir, patoso como era él y gallinas como eran sus compañeros, y como todo buscavidas sabe, los perros viejos que fuman tabaco negro y regentan tiendas de armas huelen tanto la torpeza como el miedo. Tenía una herida de bala a medio cicatrizar en el costado que lo atestiguaba.

Con aquel último golpe fallido, era casi un mes echando mano a sobras. Ahorrillos. Amigos. Préstamos. Y por consiguiente, miseria. Frustración. Cambiar una vieja palanca ideal para forzar puertas por una botella de vino y varias cervezas, y emborracharse para terminar vomitando en el retrete hasta el último de los garbanzos en conserva de anteayer. Arrastrarse como un reptil con tembleque hasta la lona, y quedarse allí. Mirando al techo, dejando el tiempo pasar, y sí, pasaba, como una lombriz apesadumbrada que no tiene ninguna prisa, pues el hambre no se va a ir a ninguna parte. Y así, casi dos días.

Sonó la puerta. Unos buenos nudillos, tres buenos golpes, bum, bum, bum. Apremiantes, contundentes. No era el tipo de golpe que llama para ofrecerte un trabajo. Era el tipo de golpe que decía, quiero algo tuyo. Paga.

Al abrir la puerta le deslumbró, junto con el reflejo del cielo matutino entre las chabolas, el rostro prieto, hosco, rancio y sudoroso de su casero.
Shoshar era un hombre de cierta edad, y holgaba decir que los años no le habían pasado en balde: la tez morena, nariz cuadrada y ancha,  la calvicie avanzada, las arrugas profundas como surcos de arado, expresión resoluta, los ojos pequeños y faltos de cualquier rastro de empatía y la ropa –camisa, pantalones de faena y unas botas marrones que parecían haber pasado la guerra- notablemente limpia para la zona conformaban al tipo a quien Trevor le debía veinticinco créditos a la semana. Trevor, obviamente, limitaba el contacto al mínimo con aquél espécimen, que pese a ser poseedor –o eso rezaba su reputación- de una mala leche supina, le había alquilado aquella casa esquinera por un precio relativamente equilibrado. Nada más verle la cara en su primer encuentro, y más pronunciadamente en el momento de estrecharle la mano, Trevor había advertido las reglas implícitas en aquél contrato de arrendamiento: paga en el momento exacto, no me sorprendas, no me des problemas y no te los daré yo.
Así pues, nada más oír el golpe a la puerta Trevor se había deslizado hasta la mesilla al lado de la cama y al atender a su visitante ya tenía los 5 billetes, arrugados y muy usados, en la palma de la mano.

-Buenos días. –Shoshar tenía la voz grave, ronca e intensa de un hombre corpulento de su edad y el tono sereno pero ligeramente impaciente de quien ha cobrado alquileres como forma de subsistencia durante los últimos diez años.
-Buenos días. –Trevor sintió la tentación de arrojarle los billetes y cerrar la puerta para mitigar el escalofrío que le provocaba aquel tipo- ¿Todo correcto por el centro?
-Un calor asqueroso, como siempre. –Shoshar dio un paso hacia adelante y Trevor se retiró sin oponer resistencia mientras su casero atravesaba el umbral y daba un par de lentas zancadas hacia el interior de la habitación- Veo que no te has molestado aún en reparar la ventana.
-Fue una pelota de béisbol. Unos niñatos que jugaban al final de la calle. –Trevor señaló hacia el lugar en cuestión sin demasiado énfasis. Tampoco quería que se prolongara la conversación y que Shoshar descubriera que yendo borracho había roto la ventana de un codazo- Lo arreglaré esta semana, sin demora.
-Bien. –repuso él. No parecía habérselo creído, pero a la vista quedaba que tampoco le importaba en absoluto.

-Aquí está el dinero- avanzó Trevor, nervioso, tendiendo los billetes.
-El alquiler ha subido.-anunció Shoshar sin cambiar el tono de voz ni moverse siquiera- Son treinta esta semana.
Trevor palideció momentáneamente.
-No...no tengo treinta a mano ahora mismo.
-Pues más te vale tenerlos, porque el precio ha cambiado. No pongas esa cara –dijo al advertir el sutil albinismo que teñía el rostro de Trevor- están subiendo los precios de todo el área, sabías que iba a tocarte. No vivo en una nube.
-Sí, lo supuse, pero imaginé que no lo subirías hasta el próximo mes. No...no tengo a mano los treinta, lo siento, puedo pagar la diferencia la próxima semana.
Shoshar lo miró, sin apenas variar el gesto. Respiró profundamente.
-Mira –iba diciendo, mientras sacaba una pitillera plateada del bolsillo de la camisa- te permito esto porque llevas cuatro meses aquí y no te has demorado en ni un solo pago.
Sacó un cigarro liado en papel marrón y se lo puso en los labios. Trevor guardó silencio mientras una incómoda gotita de sudor nacía en su frente y caía, suicida, hasta su ceja.
-Yo de ti me preocuparía de tener los...treinta y cinco restantes, serán, para la semana que viene... –hizo un gesto  y Trevor le alcanzó los billetes- o de lo contrario estarás fuera de este antro antes de que puedas decir “mayik de mierda”. Y no bromeo. Y lo sabes.
-Lo sé, lo sé. No será un problema.
-No, no lo será.
Shoshar se llevó un mechero de gasolina bastante abultado y encendió el pitillo.
-No eres un mal inquilino. Además, es un coñazo encontrar en esta zona del distrito a alguien que no esté colocado todo el día y pague a tiempo. No dudo de que me pagarás como es debido.
Caló, expulsando a continuación una consistente voluta de humo gris. Trevor casi lo perdió de vista por un momento.
-Estaré aquí el martes que viene. A esta hora más o menos. –se deslizó de nuevo a zancadas hacia la puerta y Trevor se apartó con un respingo- Ten el dinero a mano.


Sin dar oportunidad a una confirmación educada, Shoshar se volvió hacia el gueto y empezó a andar con toda su paciencia y corpulencia calle abajo, sobre el barro a medio secar y la mierda de perro al sol, dando firmes zancadas con aquellas botas pardas, moviendo aquel cigarro entre los labios secos y exhalando al cielo del gueto aquel humo grisáceo y opaco, tan gris como las perspectivas de Trevor.

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