Es mediodía y las horas, como mi cuerpo, avanzan a medio gas. Sigo odiando la humedad de Valencia y la costra de sudor que deja en mi piel, como un legado, o un recuerdo.
Dos días de resaca y una huella en mi mente, y mi cabeza se escurre de las garras del sueño con la misma agilidad que un ciempiés atrapado en un tarro de miel.
La costumbre de vivir entre casas ajenas se niega a dejarme, y aquí sigo, mientras el aire que entra por la ventana se debate entre seguir obligándome a sudar o darme un puto respiro.
Es la primera vez en dos meses que piso esta ciudad y parece que cada vez es distinta. Es una amante que lleva un pelo distinto cada vez, o un adolescente que evoluciona como una larva en busca de su lugar en el gran esquema de las cosas. Lo bueno de los sitios es que nunca sabes si han cambiado ellos, o tú, o ambos.
Tengo hambre, o eso creo, aunque quizá sea mi estómago pidiéndome clemencia o que hoy no vuelva a beber. Quizá si vuelvo a vomitar esta vez acabe bastante peor, o eso parece.
Acabo de terminar otro libro y ya busco el siguiente, otra mente y prosa que devorar con los ojos. Alguno mejor que el anterior, o sólo distinto. Alguno que me cambie la vida, o que le cambie el color al día. Todas las ofertas son buenas.
A veces me pregunto si visitarte. Si llamar. Si dejar una nota. A veces me descubro buscándote entre la multitud. Pienso que no sé quién eres. Tal vez no lo descubra hasta que no sepa quién soy yo. Tal vez cuando deje de beber, o de resfriarme, o de buscar felicidad o refugio o respuestas en los lugares equivocados, tal vez entonces recuerde tu nombre y tengas una llamada. Sólo que no sé quién serás cuando te vea. Quizá eres como Valencia y cambias, mutas, día a día, segundo a segundo. Con cada gota de cerveza derramada y cada polvo en un garaje, en un coche, en una terraza o en el último rincón de tu piso de estudiantes.
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domingo, 21 de septiembre de 2014
Cayado y suela
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domingo, 14 de julio de 2013
Algo.
Hay algo preocupante en las grandes decisiones de la vida. Es como si jugaras una carta peligrosa, como si pulsaras un detonador que derrumba por completo un túnel y te aboca a escarbar con las manos entre pedruscos y cantos hasta que consigues abrir otro. Hay algo en esas elecciones, que te deja con esa aura de nerviosismo y preocupación una buena temporada, te deja con la incertidumbre de si has cerrado del todo el túnel y, a veces, de si aquel túnel era la única salida y la acabas de clausurar para siempre.
Hay algo en esas decisiones y es uno de nuestros miedos más básicos, es el miedo del que están hechos los cimientos de la madurez, el miedo a la libertad. Porque la libertad son decisiones, es elegir y, lo que es peor, apechugar con lo que elijas. Y ése es el punto en el que tendemos a perder las agallas y escurrir el bulto, como si nuestra decisión fuera enteramente fruto de las circunstancias y no de nuestra conciencia interna.
Hay algo, y peor, en romper con alguien. Hay algo en ese momento que te dice: "no la volverás a ver". Y es mentira. Te la encontrarás en todas partes, por la calle, en la universidad, en el tren, en el metro, en tus sueños, de fiesta. Y pocas cosas hay más duras que conjugar el sentimiento interno de ruptura con el hecho de que la vida prosigue, y de que las vuestras ya no están vinculadas.
Hay algo en todas las cosas que no has dicho, en las que has dicho y de las que te arrepientes, en las que te dijeron y no olvidas, en aquel interminable cajón de ojalás, siempres y quizás. Hay algo que parece empujarte a sucumbir, a caer en una espiral de terror, a arrojarte a un mar de posibles escenarios en los que el único desenlace posible es tu soledad y tu inevitable ostracismo.
Hay algo en los océanos de sudor, saliva y lágrimas, algo que te empuja a recrearte en las viejas conversaciones, lugares y regalos que conservan ecos de un pasado en el que no te imaginabas como estás hoy. Hay algo que te fuerza a comparar aquel viaje de placer gobernado por un capitán borracho, inestable y frágil, con el bote solitario y recio que hoy capitaneas solo. Hay algo, también, que no se pone de acuerdo consigo mismo sobre si has perdido o has ganado.
Hay algo en el perder a una persona. Hay algo y es todo dolor. Pero el dolor se supera, ¿no?
Hay algo en esas decisiones y es uno de nuestros miedos más básicos, es el miedo del que están hechos los cimientos de la madurez, el miedo a la libertad. Porque la libertad son decisiones, es elegir y, lo que es peor, apechugar con lo que elijas. Y ése es el punto en el que tendemos a perder las agallas y escurrir el bulto, como si nuestra decisión fuera enteramente fruto de las circunstancias y no de nuestra conciencia interna.
Hay algo, y peor, en romper con alguien. Hay algo en ese momento que te dice: "no la volverás a ver". Y es mentira. Te la encontrarás en todas partes, por la calle, en la universidad, en el tren, en el metro, en tus sueños, de fiesta. Y pocas cosas hay más duras que conjugar el sentimiento interno de ruptura con el hecho de que la vida prosigue, y de que las vuestras ya no están vinculadas.
Hay algo en todas las cosas que no has dicho, en las que has dicho y de las que te arrepientes, en las que te dijeron y no olvidas, en aquel interminable cajón de ojalás, siempres y quizás. Hay algo que parece empujarte a sucumbir, a caer en una espiral de terror, a arrojarte a un mar de posibles escenarios en los que el único desenlace posible es tu soledad y tu inevitable ostracismo.
Hay algo en los océanos de sudor, saliva y lágrimas, algo que te empuja a recrearte en las viejas conversaciones, lugares y regalos que conservan ecos de un pasado en el que no te imaginabas como estás hoy. Hay algo que te fuerza a comparar aquel viaje de placer gobernado por un capitán borracho, inestable y frágil, con el bote solitario y recio que hoy capitaneas solo. Hay algo, también, que no se pone de acuerdo consigo mismo sobre si has perdido o has ganado.
Hay algo en el perder a una persona. Hay algo y es todo dolor. Pero el dolor se supera, ¿no?
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domingo, 7 de julio de 2013
Trenes.
Subió al tren con una maleta a cuestas. Eran veinte quilos de maleta, no poca cosa, pero aún así no era lo que más le pesaba. La colocó en cualquier sitio y se sentó en cualquier lugar, con un libro en la mano. Prefería de lejos perderse en aquellas líneas de imprenta que en el escenario monótono de vías, huertos y zonas industriales que atravesaba aquella vía ferroviaria. Era siempre la misma postal, los mismos retazos fotográficos de domingo y tardes grises. Además, con un libro viajaba mucho más rápido. Y adonde quisiera.
Se perdió durante unos minutos entre las letras hasta que ella subió al tren. No tenía nada de especial, no era la típica a la que los hombres hacen chirriar el cuello para ver pasar. De hecho, su primer pensamiento al verla no fue mucho más que "tiene pocas tetas".
Ella se sentó, como él, en un lugar cualquiera. Sin embargo, él la podía ver con un simple alzar de la mirada. Y ella a él. Ella se puso música en el móvil y se colocó los auriculares. Sacó un libro también, y lo abrió por la página señalada por un marcapáginas rojo. Él se sorprendió mirándola embelesado, viendo cómo se acomodaba, pasaba las páginas, se mordía inconscientemente el labio inferior mientras leía. Por alguna razón, pasó más tiempo mirándola a ella que al libro. Al poco rato no pudo sino concluir que era muy guapa, de estas bellezas que pasan desapercibidas pero no se olvidan y permanecen en la retina como los recuerdos de infancia en los álbumes de fotos. El pelo suelto. Los ojos que, cada vez que el sol daba de lado en el tren, quedaban salpicados de luz y parecían ser de ámbar.
Se sorprendió imaginándose sentándose a su lado, cada uno adelante con su vida, con su lectura, con sus penurias y problemas y alegrías, simplemente compartiendo aquella hora y media en silencio. Se sorprendió imaginándola hablar, quizá tendría acento de pueblo, de la costa, quizá directamente hablara otra lengua, quizá sonara áspera, o grave, o suave, o encantadora directamente. Se imaginó compartiendo miradas furtivas, una de aquellas miradas que atraviesan el vagón y se mantienen durante unos segundos sin que nadie de los dos quiera apartarla, hasta que uno, con disimulo y por vergüenza o aburrimiento, rompe el hilo y vuelve a su vida. Se imaginó llevándosela al diminuto y apretado baño del tren, besándose con lujuria contra la pared, bajándole les bragas con los dedos y follar como animales en un pequeño estallido de placer y calor. Se imaginó tumbarse con ella al atardecer sobre un césped recién regado, empaparse la espalda, mirar juntos cómo las nubes huían del sol color de la sangre y cómo la luz se extinguía en un holocausto de color. Se imaginó odiándola y siendo odiado por ella. Se imaginó rechazado. Se imaginó muchas y diversas cosas.
Miró de imprevisto el reloj. Emitió un suspiro.
Con un gruñido, guardó el libro, agarró la pesada maleta con una mano y atravesó el vagón. La miró. Ella levantó la mirada y lo miró también. Él casi pudo ver los matices verdes en aquellos ojos, las líneas, leer la prosa desgarrada leída segundos antes.
Pasó de largo y se plantó ante la puerta de salida mientras el tren se detenía en su estación. Con gesto adusto como de piedra, abrió la puerta con un chasquido y acarreó la maleta hasta el andén.
Se perdió durante unos minutos entre las letras hasta que ella subió al tren. No tenía nada de especial, no era la típica a la que los hombres hacen chirriar el cuello para ver pasar. De hecho, su primer pensamiento al verla no fue mucho más que "tiene pocas tetas".
Ella se sentó, como él, en un lugar cualquiera. Sin embargo, él la podía ver con un simple alzar de la mirada. Y ella a él. Ella se puso música en el móvil y se colocó los auriculares. Sacó un libro también, y lo abrió por la página señalada por un marcapáginas rojo. Él se sorprendió mirándola embelesado, viendo cómo se acomodaba, pasaba las páginas, se mordía inconscientemente el labio inferior mientras leía. Por alguna razón, pasó más tiempo mirándola a ella que al libro. Al poco rato no pudo sino concluir que era muy guapa, de estas bellezas que pasan desapercibidas pero no se olvidan y permanecen en la retina como los recuerdos de infancia en los álbumes de fotos. El pelo suelto. Los ojos que, cada vez que el sol daba de lado en el tren, quedaban salpicados de luz y parecían ser de ámbar.
Se sorprendió imaginándose sentándose a su lado, cada uno adelante con su vida, con su lectura, con sus penurias y problemas y alegrías, simplemente compartiendo aquella hora y media en silencio. Se sorprendió imaginándola hablar, quizá tendría acento de pueblo, de la costa, quizá directamente hablara otra lengua, quizá sonara áspera, o grave, o suave, o encantadora directamente. Se imaginó compartiendo miradas furtivas, una de aquellas miradas que atraviesan el vagón y se mantienen durante unos segundos sin que nadie de los dos quiera apartarla, hasta que uno, con disimulo y por vergüenza o aburrimiento, rompe el hilo y vuelve a su vida. Se imaginó llevándosela al diminuto y apretado baño del tren, besándose con lujuria contra la pared, bajándole les bragas con los dedos y follar como animales en un pequeño estallido de placer y calor. Se imaginó tumbarse con ella al atardecer sobre un césped recién regado, empaparse la espalda, mirar juntos cómo las nubes huían del sol color de la sangre y cómo la luz se extinguía en un holocausto de color. Se imaginó odiándola y siendo odiado por ella. Se imaginó rechazado. Se imaginó muchas y diversas cosas.
Miró de imprevisto el reloj. Emitió un suspiro.
Con un gruñido, guardó el libro, agarró la pesada maleta con una mano y atravesó el vagón. La miró. Ella levantó la mirada y lo miró también. Él casi pudo ver los matices verdes en aquellos ojos, las líneas, leer la prosa desgarrada leída segundos antes.
Pasó de largo y se plantó ante la puerta de salida mientras el tren se detenía en su estación. Con gesto adusto como de piedra, abrió la puerta con un chasquido y acarreó la maleta hasta el andén.
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jueves, 6 de junio de 2013
Todo lo que pueda escribir sobre esto es pura mierda. No cambia nada, no arregla nada, no me hace sentir mejor, no me hace dormir tranquilo, no encaja las piezas de mi conciencia, no repara mi alma. Lo único que mueve a mis dedos al redactar estas líneas es el simple y caótico afán de conciencia, de existencia, de declarar que sigo vivo, que esto no es el final. De gritar que perdí la partida, la cabeza, que me han destrozado el corazón, que estoy roto por dentro, que estoy perdiendo pelo, que no puedo llorar, que me han convertido en un autómata. Que me siento de metal frío y negro, me siento psicópata, me siento estúpido, me siento brillante.
Me siento decidido aunque confuso, me siento paradójico, aletargado y sin embargo extrañamente despierto.
Siento que todo pasa a cámara lenta ante mis ojos, aunque las palabras tuyas que recibo llegan tan rápido como un tren de mercancías. Siento el chasqueo del obturador en cada fotografía, en cada suspiro, en aquellos vídeos, siento 21 meses en diapositivas, en momentos, en fuego purificador, en una pira salvaje y descontrolada, una espiral de locura y dolor.
Me siento explosivo, violento, desgarrado. Y sin embargo, sigo vivo. Vivo pese a que, aunque no quisieras, me hiciste trizas por dentro, y no sabes cómo. Y quizás no fue culpa tuya ni mía, quizás fue el momento, las circunstancias, los errores inevitables. Quizás ni siquiera sabías lo profunda que estaba la hoja del puñal. Quizás no te diste cuenta nunca, quizás nunca lo harás.
Y me importa una mierda lo correcto, me importa una mierda que sea lo mejor para mí, para ti, para el mundo de basura que nos envuelve. Simplemente me he cansado de darle a la palanca, de golpear el engranaje para que se ponga en marcha de una vez y nos saque de este infierno. Porque, ¿sabes qué? El engranaje está roto. Oxidado. Se resquebraja cada vez que lo rozo con la palanca, llena el suelo de un rojo sucio y ferroso.
No estoy loco, lo sé ahora. Simplemente me he olvidado del engranaje, he tirado la palanca y he echado a caminar.
Me siento decidido aunque confuso, me siento paradójico, aletargado y sin embargo extrañamente despierto.
Siento que todo pasa a cámara lenta ante mis ojos, aunque las palabras tuyas que recibo llegan tan rápido como un tren de mercancías. Siento el chasqueo del obturador en cada fotografía, en cada suspiro, en aquellos vídeos, siento 21 meses en diapositivas, en momentos, en fuego purificador, en una pira salvaje y descontrolada, una espiral de locura y dolor.
Me siento explosivo, violento, desgarrado. Y sin embargo, sigo vivo. Vivo pese a que, aunque no quisieras, me hiciste trizas por dentro, y no sabes cómo. Y quizás no fue culpa tuya ni mía, quizás fue el momento, las circunstancias, los errores inevitables. Quizás ni siquiera sabías lo profunda que estaba la hoja del puñal. Quizás no te diste cuenta nunca, quizás nunca lo harás.
Y me importa una mierda lo correcto, me importa una mierda que sea lo mejor para mí, para ti, para el mundo de basura que nos envuelve. Simplemente me he cansado de darle a la palanca, de golpear el engranaje para que se ponga en marcha de una vez y nos saque de este infierno. Porque, ¿sabes qué? El engranaje está roto. Oxidado. Se resquebraja cada vez que lo rozo con la palanca, llena el suelo de un rojo sucio y ferroso.
No estoy loco, lo sé ahora. Simplemente me he olvidado del engranaje, he tirado la palanca y he echado a caminar.
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domingo, 28 de octubre de 2012
reloaded
Considero cauto dedicar un rato a valorar los acontecimientos de hoy. Digamos que cualquier tiempo pasado fue mejor y que las últimas semanas no han sido para recordar. Dejémoslo ahí. Digamos también que el paso dado no es el que me esperaba pero no es decepcionante, y eso es importante. Creo yo. Digamos que me queda siempre el recurso de la ruptura si esto no fuera bien y eso es un aliciente de los gordos para que esto vaya realmente bien.
Dios, mira que la hemos liado, simplemente para estar bien. ¿No sientes a veces la necesidad de enviarlo todo a la mierda, de mirar toda la discusión y decir: me cago en la puta, era necesario todo esto? ¿Simplemente venir, ir, juntarnos, un abrazo, un beso, un polvo? ¿Solucionarlo de forma expeditiva, no letal, carnal y sudorosa? No era tan difícil. Y nos ha costado. Todo por querer domesticar el amor.
Tengo ganas de que pase esta semana. Y hacía ya tiempo que no tenía tantas ganas. Necesito probar esto, ponerlo a prueba, comprobar que no es un parche más que tapa el desgarrón de la prenda. Necesito el beso que me das después de corrernos y que me hace recordar que he vuelto al cielo y que todo marcha viento en popa. Te necesito.
Y sería cojonudo ver tu carita y recordarte por fin como me gusta recordarte, o aún mejor recordarnos, como lo que éramos y podemos ser, no como esta parodia vil y burda de nosotros mismos que hemos sido últimamente. Así no, joder. Tenía que reventar por algún lugar y me siento agradecido de que haya sido en esta dirección.
No quiero ataduras ni pensar demasiado. Siendo yo no es lo más común pero, coño, por intentarlo que no quede. Tan sólo quiero tu promesa de que aunque esto vaya a ser diferente voy a tenerte ahí, excepcionalmente, en los días en que todo lo demás me vaya mal. Con esa promesa puedo darme por satisfecho. E ir tirando.
La diferencia es que ir tirando a partir de hora será más fácil. Porque tiras conmigo.
Dios, mira que la hemos liado, simplemente para estar bien. ¿No sientes a veces la necesidad de enviarlo todo a la mierda, de mirar toda la discusión y decir: me cago en la puta, era necesario todo esto? ¿Simplemente venir, ir, juntarnos, un abrazo, un beso, un polvo? ¿Solucionarlo de forma expeditiva, no letal, carnal y sudorosa? No era tan difícil. Y nos ha costado. Todo por querer domesticar el amor.
Tengo ganas de que pase esta semana. Y hacía ya tiempo que no tenía tantas ganas. Necesito probar esto, ponerlo a prueba, comprobar que no es un parche más que tapa el desgarrón de la prenda. Necesito el beso que me das después de corrernos y que me hace recordar que he vuelto al cielo y que todo marcha viento en popa. Te necesito.
Y sería cojonudo ver tu carita y recordarte por fin como me gusta recordarte, o aún mejor recordarnos, como lo que éramos y podemos ser, no como esta parodia vil y burda de nosotros mismos que hemos sido últimamente. Así no, joder. Tenía que reventar por algún lugar y me siento agradecido de que haya sido en esta dirección.
No quiero ataduras ni pensar demasiado. Siendo yo no es lo más común pero, coño, por intentarlo que no quede. Tan sólo quiero tu promesa de que aunque esto vaya a ser diferente voy a tenerte ahí, excepcionalmente, en los días en que todo lo demás me vaya mal. Con esa promesa puedo darme por satisfecho. E ir tirando.
La diferencia es que ir tirando a partir de hora será más fácil. Porque tiras conmigo.
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miércoles, 5 de septiembre de 2012
371.
Un año es mucho tiempo. O no. Depende de cómo se vea. Desde que soy mayor de edad miro atrás y me sorprendo de la de cosas que me han pasado en un nada de tiempo. Apenas un soplo. He vivido más en dos años que en toda mi vida. He conocido a gente genial, me he enamorado, he aprendido muchas cosas, me he llevado muchas hostias pero en general todo ha valido la pena y no me arrepiento de la mayoría de actos y decisiones, con lo cual...puedo decir que estoy orgulloso.
Hace más de un año que te conocí. Casi dos. Recuerdo la primera vez que comí de tus labios, una noche de borrachera. No era muy distinto de cualquier otro lío. Pero decidimos alargarlo. A otras noches. A otros días. A otras tardes. A experiencias distintas.
Ha llovido mucho, ha pasado de todo, bueno y malo, pero sabes (y lo sabes bien) que cada vez que te miro bien poco importa lo malo. Joder, no importa nada.
Mira, soy imbécil. Como todos, dirás, pero no son los otros los que me importan. Pocas veces veo la oportunidad de construir una felicidad que no sea frágil y temporal como el cristal, una sonrisa que me dure más de un segundo. Lo bueno, para mí, siempre ha sido un ir y venir, una luna a la que ladrar y jamás tocar. No me consideraba afortunado. Hasta ahora.
Eres la única persona que ha sabido prolongar esa felicidad, hacerla fuerte, constante, sacarme los colores y las sonrisas, hacer que desee besarte con tanta fuerza que no termine nunca. Y eso es valioso, muy valioso. Probablemente lo más valioso que puedas darme.
Nunca he sabido muy bien lo que busco en una chica. Hay tantos prototipos distintos y tanta poca gente que encaje en ellos que nunca sabes muy bien dónde mirar, quién será apta, quién se dignará siquiera a echarte el ojo y no digamos ya la boca. Ni tú ni yo somos perfectos, pero creo que citando a Bob Marley puedo decir que eres perfecta para mí. Y si no lo eres, has sabido disimularlo demasiado bien.
Supongo que no te he tratado mal del todo, si no no celebraríamos lo que celebramos ni estaría escribiendo esto. Pero quiero que sepas algo. Si hago algo mal, lo corregiré por ti. O lo intentaré en la medida de lo que puedo. Voy a ser tu oso guarroso, tu risa cuando nadie te haga reír, esos garfitos que nunca están en la despensa pero que alguien te trae, el chocolate blanco en el helado. Tu canción favorita. Y no me gusta lo cursi, joder, pero es que por ti me vale serlo. Me compensas.
No voy a pedirte que estés siempre. Ya me lo prometes cada vez que me besas.
Espero que te quedes varios años más. Y si no, siempre nos quedarán los columpios, los polígonos, el césped de los parques, los bosquecillos detrás de restaurantes, los besos largos.
T'hame.
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jueves, 12 de julio de 2012
317, y sube.
No puedo decir que hayan sido los dos mejores meses.
He estado encerrado, atado de manos y piernas, y como a todos los perros la correa no me queda bien.
Siento haber mordido, siento haber estado fuera de lugar cuando lo estuve, y en general no me siento orgulloso de todo. Aún así, me quedo con lo nuestro. Me quedo con las cenas, con aquella noche que terminó comiendo Duso en el césped húmedo del parque. Con aquellos chapoteos en la piscina. Con aquella ducha que se nos quedó corta.
Me quedo con lo mejor y tengo claro que lo mejor siempre es contigo.
En un día terminaré con esto. Pondré fin al curso. Empezaré mi verano, y quiero que me acompañes.
Quiero conciertos, quiero escapadas, quiero piscina, cena, dormir a tu lado, hacer el moñas, que me hagas el moñas, cucamones, que me ates a tu cuerpo, que rescatemos los viejos días encerrados en las sábanas. Que me folles hasta agotarme. Y echarme luego a tu lado y susurrarte al oído. Te quiero a ti.
Nos vemos en el festival. Pero este festival terminará. Las tiendas de campaña se irán igual que han venido, el alcohol quedará en dos días y noches de gritos y euforia y una resaca como losa de plomo, y dejaremos atrás un descampado en el que reinó la alegría. Pero nuestro festival nunca va a terminar, y en éste quiero que seas mi cabeza de cartel.
T'estime.
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martes, 5 de junio de 2012
Con sombrero de luna.
Cada cama me recuerda a ti. El lecho ruidoso y estrecho del piso en Valencia. La cama de mi casa en el pueblo, con la colcha azul sobre la que nos tumbábamos. Tu cama, donde he ido a buscarte tantas veces. Cualquier otra cama, donde podrías estar, siempre cerca, entre sábanas, rozando las pieles, la ropa ligera.
Diría que he perdido la cuenta de los días, pero no lo he hecho. La llevo anotada en mi cabeza.
Mentiría si dijera que ha sido perfecto, que no hemos dudado, que ha sido fácil y que no nos hemos llevado algunas cicatrices. Mentiría, pero no quiero hacerlo. Ha quedado atrás y si no nos ha matado significa que nos ha hecho más fuertes. O quizá no más fuertes, pero sí más sabios. Más conscientes. Más tú y yo. Significamos más, somos más, algo se estrecha más y se hace más sólido.
Me gustaba tu mirada. Un tópico de barrio, pero no deja de ser verdad. Esos ojos verdes, ese ven y bésame, ese bebamos hasta que amanezca y lleguemos a verlo. Creía que era persona de excesos, pero contigo lo he confirmado. Y eres el exceso que más me gusta. Me gusta cada parte de tu cuerpo que beso y toco con suavidad, me gusta cada risa que te arranco y cada abrazo que consigo robarte, me gustan los helados, los parques, las películas, las patatas fritas, las magdalenas, los apuntes esparcidos, el sudor del sexo veraniego, nuestros cuerpos entrelazados. Todo lo que somos, todo lo que significamos.
¿Sabes? He creído muchas cosas. Creí en tenerte un día. Creí en tenerte dos. Creí no haberte tenido nunca. Creí tenerte para siempre. Y creo que sabes en qué creo ahora.
Quizás desaparezca de tanto en tanto. Unos días. Nada importante. Unos pocos más. Pero no me perderás la pista, no dejaré que lo hagas. Haré que vayas tras mi rastro. Y cuando creas que me has encontrado te encontraré yo a ti. Y haremos lo que siempre hacemos. Eso que tanto te gusta.
Y alguno de esos días dejaremos de desaparecer, de ir arriba y abajo. Me verás, y sabrás que vengo para quedarme.
Que no se te olvide.
...un que sembli impossible que pugui acabar.
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miércoles, 23 de mayo de 2012
267.
No vivo sólo del aire. No, la verdad es que no. A decir verdad, necesito poco para vivir. Me tapo con una fachada de complejo, cubro con una cortina de engranajes las dos ruedas que me mueven. Voy de mágico, de chulapo, raro, bésame y no me toques. Y de eso vivo. De ser la máscara, de alimentarla. Quizás porque mi cara nunca me ha gustado, siempre he visto unos labios demasiado gruesos, una nariz demasiada redonda, unas mejillas demasiado abultadas, un pelo extraño, áspero, indomable y feo. Aunque me quitaran el pan y el agua, susurré, no me quitéis la máscara. Porque no os gustará lo que veréis.
Hubo alguien que sí me vio. Y no sólo una vez. De hecho, me ha visto varias, lo sigue haciendo, y anhelo que vuelva a hacerlo. Quizás porque es la única persona con la cual no sólo me da miedo vivir sin máscara, sino que corro deprisa a quitármela.
Entraste aquí una vez. A este cuarto. El piso vacío, libre, silencioso. La cama hecha, el escritorio dejado tal cual me había ido la semana anterior. Dejé en la mesa el macuto que había cargado en el tren.
Libres. Solos.
Reaccionaste rápido. Apenas pude pestañear antes de que empezaras a comerme la boca. Te contesté, te besé mientras te agarraba la cintura y te atraía hacia mí. Un lengüetazo atravesó una línea en el proceso. Mis manos volaban sobre tu piel. Pasé a más. Deslicé casi sin que te dieras cuenta la boca a tu cuello, besé, chupé, describí con el labio la curva de tu hombro. Sabíamos lo que buscábamos.
Lo primero en caer fue tu camiseta, mientras otra cosa se levantaba rápidamente. Me maravillé. Te comí la boca incluso con más ganas. Las tuyas me empujaron a quitarme la ropa. Fueron tus manos las que se lanzaron a mi pantalón.
Antes de que me diera cuenta ya te había lanzado sobre la cama, nos apretábamos. Besé tu cuello. Descendí. Comí de tus tetas, aparté el sujetador, deteniéndome en cada una de ellas, mientras se te aceleraba la respiración, bajé, besé el ombligo, tanteé la parte superior de tus bragas. Seguí besando por encima de ellas, sintiéndote justo como quería.
Te las quité. Poco a poco. Poco a poco fui viendo, y me gustó lo que vi. Besé. Chupé. Jugué con la lengua, noté el calor y adoré sentirte. Adoré cogerte de las piernas y devorarte a conciencia. Adoré el orgasmo que te ascendió por la espalda, y adoré oírte.
Adoré bajarme los pantalones. La sensación de entrar, un beso apasionado, juntos, inseparables. Ardiendo unidos. De salir y volver a embestir, suave pero firme, rápido pero con ritmo. Un orgasmo que detuvo el tiempo y durante el cual en el mundo sólo estuvimos nosotros dos. Seguir, seguir un poco más, ascender, que nos temblaran las piernas. Correrme. Morir y resucitar en la sensación, en tu cuerpo, en ti.
Me maravillé con la desnudez, y alguien me dijo a la oreja que nos quedáramos así. Un rato más.
La máscara se quedó en el cajón. Y allí se queda, cada vez que vuelves.
Hubo alguien que sí me vio. Y no sólo una vez. De hecho, me ha visto varias, lo sigue haciendo, y anhelo que vuelva a hacerlo. Quizás porque es la única persona con la cual no sólo me da miedo vivir sin máscara, sino que corro deprisa a quitármela.
Entraste aquí una vez. A este cuarto. El piso vacío, libre, silencioso. La cama hecha, el escritorio dejado tal cual me había ido la semana anterior. Dejé en la mesa el macuto que había cargado en el tren.
Libres. Solos.
Reaccionaste rápido. Apenas pude pestañear antes de que empezaras a comerme la boca. Te contesté, te besé mientras te agarraba la cintura y te atraía hacia mí. Un lengüetazo atravesó una línea en el proceso. Mis manos volaban sobre tu piel. Pasé a más. Deslicé casi sin que te dieras cuenta la boca a tu cuello, besé, chupé, describí con el labio la curva de tu hombro. Sabíamos lo que buscábamos.
Lo primero en caer fue tu camiseta, mientras otra cosa se levantaba rápidamente. Me maravillé. Te comí la boca incluso con más ganas. Las tuyas me empujaron a quitarme la ropa. Fueron tus manos las que se lanzaron a mi pantalón.
Antes de que me diera cuenta ya te había lanzado sobre la cama, nos apretábamos. Besé tu cuello. Descendí. Comí de tus tetas, aparté el sujetador, deteniéndome en cada una de ellas, mientras se te aceleraba la respiración, bajé, besé el ombligo, tanteé la parte superior de tus bragas. Seguí besando por encima de ellas, sintiéndote justo como quería.
Te las quité. Poco a poco. Poco a poco fui viendo, y me gustó lo que vi. Besé. Chupé. Jugué con la lengua, noté el calor y adoré sentirte. Adoré cogerte de las piernas y devorarte a conciencia. Adoré el orgasmo que te ascendió por la espalda, y adoré oírte.
Adoré bajarme los pantalones. La sensación de entrar, un beso apasionado, juntos, inseparables. Ardiendo unidos. De salir y volver a embestir, suave pero firme, rápido pero con ritmo. Un orgasmo que detuvo el tiempo y durante el cual en el mundo sólo estuvimos nosotros dos. Seguir, seguir un poco más, ascender, que nos temblaran las piernas. Correrme. Morir y resucitar en la sensación, en tu cuerpo, en ti.
Me maravillé con la desnudez, y alguien me dijo a la oreja que nos quedáramos así. Un rato más.
La máscara se quedó en el cajón. Y allí se queda, cada vez que vuelves.
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sábado, 14 de abril de 2012
rawr
Días como estos. Días de risas, de besos, de trenes, madrugones, cocinar lomo a medianoche, empacharse al comer y sestear, tweets, miradas cómplices, pijamas de Superman, bragas de Batman, roces de piel, orgasmos, revolcones continuos, sábanas con migas de papas de bolsa, rastas que me arañan la cara, abrazos, oír un "enxoxaaaats" de fondo, reír juntos y volver a empezar.
Di lo que quieras, di que me ganas en Apalabrados, di que pierdes, la batalla que importa ya la hemos ganado. Los dos.
Grazie.
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lunes, 19 de marzo de 2012
R de revancha.
Apenas habías subido al tren cuando te eché una última mirada y empecé a caminar por el andén. Cada uno de vuelta a casa. La estación bullía de actividad, personas llevando maletas de camino a destinos separados, diferentes, quizá cruzados y revueltos, cada uno tomando su ruta por su lado.
El centro hierve con olor de sudor, churros y estruendo de pirotecnia. Recuerdo la tarde anterior y el tacto reseco del césped del parque mientras apoyaba mi cabeza en tus piernas. Recuerdo el tacto de tu piel y tu sabor en mi boca.
Un destello de melancolía cruza mi cabeza aunque sé que te veré pronto, muy pronto. Un reencuentro súbito con tu cuerpo y tu mente, con aquel baile de miradas, manos que aferran con ansia al otro y sexo que dura horas intensas como rojo fuego. Lenguas que danzan suavemente, besos largos, desnudez y abrazos nocturnos bajo las sábanas. Un desfile de sensaciones, noches que se me quedan grabadas y que me arrancan una sonrisa al día siguiente aunque no haya dormido nada, me duela la espalda y los labios se me sequen.
Recuerdo cada andén donde me he despedido, cada tren en el que te he visto subir, cada ir y venir entre risas y besos cómplices, del pueblo a la ciudad, por la ciudad misma, por el pueblo mismo. Tantas calles, tantas copas, tantas camas, tantos orgasmos. Esbozar dibujos de placer en tu piel y arrancar gemidos con la lengua. Todo aquello prohibido, olvidado y vuelto a recordar, todas esas cosas tachadas de la lista o pendientes para el próximo encuentro.
Todo el juego que nunca termina y que no quiero que termine, todo el hecho, el fenómeno, el efecto de los dos, tu voz diciéndome a la oreja lo que quiero oír, mi voz contestándote y tus labios curvándose en una sonrisa.
Y me repito que nunca es un adiós, sino un hasta luego.
El centro hierve con olor de sudor, churros y estruendo de pirotecnia. Recuerdo la tarde anterior y el tacto reseco del césped del parque mientras apoyaba mi cabeza en tus piernas. Recuerdo el tacto de tu piel y tu sabor en mi boca.
Un destello de melancolía cruza mi cabeza aunque sé que te veré pronto, muy pronto. Un reencuentro súbito con tu cuerpo y tu mente, con aquel baile de miradas, manos que aferran con ansia al otro y sexo que dura horas intensas como rojo fuego. Lenguas que danzan suavemente, besos largos, desnudez y abrazos nocturnos bajo las sábanas. Un desfile de sensaciones, noches que se me quedan grabadas y que me arrancan una sonrisa al día siguiente aunque no haya dormido nada, me duela la espalda y los labios se me sequen.
Recuerdo cada andén donde me he despedido, cada tren en el que te he visto subir, cada ir y venir entre risas y besos cómplices, del pueblo a la ciudad, por la ciudad misma, por el pueblo mismo. Tantas calles, tantas copas, tantas camas, tantos orgasmos. Esbozar dibujos de placer en tu piel y arrancar gemidos con la lengua. Todo aquello prohibido, olvidado y vuelto a recordar, todas esas cosas tachadas de la lista o pendientes para el próximo encuentro.
Todo el juego que nunca termina y que no quiero que termine, todo el hecho, el fenómeno, el efecto de los dos, tu voz diciéndome a la oreja lo que quiero oír, mi voz contestándote y tus labios curvándose en una sonrisa.
Y me repito que nunca es un adiós, sino un hasta luego.
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sábado, 25 de febrero de 2012
Encerrado entre cuatro paredes me asediaba una y otra vez el deseo imperecedero de hacer algo. Proyectos y más proyectos, algo que hacer, un cuenco donde ir a derramar mi potencial, un "estuve aquí" infinito, un regalo a la vida y a la suerte que a veces me abriga y a veces me destapa.
No supe llevar a buen puerto ninguno de los barcos, y como mal marinero no supe sino lamentarme. Perdí brújula y mapas sin ver que no era el mar el lugar donde había de ir a parar.
Y me lo pensé mejor. Algo se me tenía que dar bien, algo. Si no podía detener todo el mal, si no podía acabar nada, debía de haber un objetivo que pudiese llevar a cabo, culminar, bordar una tarea dejada a medias.
No sabía qué era, ni siquiera pude llegar a imaginarlo. No hasta que te vi como te veo ahora.
Mi vida ha sido un sinfín de laberintos engañosos y azares poco agradecidos. Rompecabezas a medio terminar, mesas cojas y sillas que se rompían al sentarse. Nunca supe encajar las piezas, pulir los engranajes, moldear bien la argamasa o atornillar bien las patas. Pero contigo fue distinto. Muy distinto. Contigo se me daba bien.
Se me dan bien tus sonrisas. Se me da bien mirarte y que me mires. Se me da bien tocarte, hacer que se te acelere la respiración y las pupilas se te dilaten, se me da bien abrazarte y darte calor cuando ni siquiera yo recuerdo lo que es estar caliente. Y me siento bien, y todo parece en orden por única vez.
Y es curioso, porque algo tan obvio lo he tenido delante no poco tiempo y no he sabido o no he podido verlo como debía haberlo visto desde el principio. Y con la claridad presente todo resulta mucho más nítido. Y ahora sé que tú eres mi proyecto. Tú eres la fuente de mi potencial y lo único que puede hacerlo aflorar. Eres más de lo que pareces y más de lo que ha sabido ver.
Y si fuiste distinta en todo también lo serás en esto. Porque a este proyecto no hay posibilidad de renuncia. Ni pasos atrás, ni rendición admisible. Sólo hay un deseo imposible de apagar de que no exista fin ni epílogo a este proyecto.
De que mis manos sigan esculpiéndote y tus ojos sigan pintándome.
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