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martes, 7 de enero de 2014

I.

El valle de Khavn podía ser descrito solamente utilizando las palabras “barro” y “mugre”.
Excavado en tiempos lejanos por el trabajo hombro con hombro de la erosión y de un antaño bravo río, era ahora una alfombra de terreno fangoso, húmedo y negro sobre la cual crecía un asentamiento, del mismo nombre y no menos infame: el gueto de Khavn.

El gueto era algo más que una extensión del fúnebre yermo oscuro de las afueras de la gran ciudad, más que un páramo viejo salpicado de casas derruidas y más amontonadas que construidas. Amanecía justo antes de las primeras luces del alba, cuando los jornaleros salían hacia los campos de cultivo, de tierra oscura, hostil, fértil a cambio de horas de partirse el lomo, con la azada al hombro, renqueando de vejez y fatiga. Durante toda la mañana bullía de actividad, cuando la plaza principal, un círculo vacío de edificios en torno a la gran estatua, se atiborraba de tenderetes de comercio y griterío de verduleros, zapateros, carniceros, pescadores, fruteros, sastres, hasta que la garganta los abocara a la tos y al silencio o hasta el fin de la hora marcada para el mercadillo.

Varias veces al día se podía ver a la milicia local, un grupo de civiles nomus del lugar que recibían una placa y un arma y la orden de procurar cierta armonía en la zona. La realidad era bien distinta: en primer lugar, nadie de la milicia se atrevía a alejarse más de diez manzanas del mercado central, puesto que a partir de esa misma distancia lo probable era que las bandas locales tuviesen más armas y puños que la misma policía.

Y en segundo lugar, la milicia tampoco intervenía en los asuntillos de las bandas a cambio de ciertos pagos y, cómo no, de la seguridad de sus familias. Un trabajo complicado, estar en la milicia, pero para algunos superaba con creces el partirse el lomo desde el alba en los huertos de tierra negra.
Por supuesto, a veces las bandas creaban tumultos demasiado gordos como para que un hatajo de nomus restableciese el orden. En ese caso, el Ministerio del Orden se molestaba –brevemente- en atender a los mediocres e inferiores nomus, enviando una patrulla de su policía. La policía real. Gente muy superior a un nomu de pacotilla.
Con una pizca de poder, los problemas solían finalizar pronto, y la policía de verdad volvía a la ciudad para que los nomus pudieran recoger a sus muertos.

Pese a los incidentes y a lo común que era encontrarse un cadáver por la calle en el camino entre el lugar de trabajo y el zulo, chabola, barraca o casa de barro que constituía la vivienda más común, Khavn tenía sus puntos positivos. Se decía que quien hubiera crecido en Khavn no tendría problemas en pasar hambre durante una larga temporada, o en sacar comida de cualquier lugar. Recuerdo un par de historias que contaban en otros guetos, sobre las míticas bandas de ladrones de Khavn, míticos ya no entre los gremios de rateros sino en la vox populi: era suficiente susurrar el topónimo mientras hablabas de tus orígenes para que todos aquellos que te rodearan comprobasen sus bolsillos. Un tic cultural en toda regla.
No era completamente cierto, sin embargo. Khavn seguía siendo aquel gueto de chabolas, más de ladrillo que de hormigón, de corazones más baldíos y azotados por el viento y el polvo que por la fortuna y la esperanza. Pero la tierra negra daba abundantes frutos, la criminalidad estaba más relegada a los bajos fondos del gueto que nunca y los rumores de una nueva mina abierta al norte de la barriada prometían más trabajos y mayor tráfico de mercancías y créditos. En la marejada económica que agitaba el país, no era el más desesperanzador de los panoramas.

El lado oscuro de la fortuna es que nunca alcanza a todos por igual. Como la lluvia, sólo anida en las hojas más altas y anchas, aquellas que han aprendido a poner las manos en cuenco y recoger buena parte del botín. Cuando las hojas altas cubren el bosque, el suelo apenas llega a quedarse con lo que rebosa y cae. Y lo mismo ocurría en Khavn.

Esta historia narra las vivencias de alguien del suelo. Alguien sin importancia, alguien totalmente prescindible. Un par más de manos cubiertas de callos y suciedad.
Apenas una moto de polvo en un bosque sin árboles.


 __________



Trevor solía pensar que podría terminar alguna noche formando parte de la materia en descomposición que formaba parte del callejón sin asfaltar donde vivía. Una puñalada al pulmón. Una bala en los intestinos. Un golpe certero a la sien que lo dejase seco.
No le faltaba razón.
Llevaba un par de días languideciendo en su casa, al extremo norte de una de las calles meridionales del gueto. Hacía esquina con otra calle, igualmente sórdida, sembrada de charcos cuando llovía y de mierda de perro cuando el tiempo era seco.

Trevor echaba las horas sobre una colchoneta de lona en uno de los rincones de la chabola, de una sola habitación, paredes destartaladas de ladrillo de una sola hoja, ventanas cuyo cristal estaba medio unido con cinta adhesiva y latas de cerveza vacías en el suelo. Cada par de horas, se levantaba con un gruñido, agarrándose la venda que le cubría parte del abdomen, y se acercaba al retrete discretamente tapado por un biombo, también necesitado de reparaciones, en el otro extremo del habitáculo. Luego abría otra de las ventanillas para airear el resultado.

La herida debería estar ya curada. Era apenas una rozadura, una bala perdida que pasó silbando a escasos centímetros de su riñón pero que eligió en su lugar llevarse un buen pedazo de piel como recuerdo, y que lo dejó sangrando y lo suficientemente asustado como para no intentar otro robo en una larga temporada.

Bostezó. Meneó la botella de plástico, vacía, al lado de su desvencijada cama. Ni una gota de agua. Recorrió con desgana los escasos metros hasta un pequeño refrigerador. Dos salchichas, lechuga rancia con un nada apetecible color verde oscuro, una manzana, latas de legumbres en conserva.
Se pasó la mano por el pelo corto, áspero, castaño. Necesitaba dinero o iba a tener que cazar ratas con un palo afilado. Se preguntó si el amigo de Garrett se prestaría a volverlo a contratar en el viejo taller mecánico. Dio un par de vueltas a aquel pensamiento. Cada vez dudaba más de que la respuesta fuera sí. Los trabajadores del centro del gueto no tragaban para nada a los del distrito sur.

Tras meses desempleado, había tenido que recurrir a métodos poco ortodoxos para poder llenar la nevera. Un coche robado de un mercader nomu moderadamente pudiente. Llevar una furgoneta, cargada de cajas de herramientas, cargadas a su vez de droga barata y con más polvo de ladrillo que ingrediente activo, más allá de la empalizada que separaba Khavn del gueto más cercano. Atracar una pequeña tienda de armas. Aquello último salió como tenía que salir, patoso como era él y gallinas como eran sus compañeros, y como todo buscavidas sabe, los perros viejos que fuman tabaco negro y regentan tiendas de armas huelen tanto la torpeza como el miedo. Tenía una herida de bala a medio cicatrizar en el costado que lo atestiguaba.

Con aquel último golpe fallido, era casi un mes echando mano a sobras. Ahorrillos. Amigos. Préstamos. Y por consiguiente, miseria. Frustración. Cambiar una vieja palanca ideal para forzar puertas por una botella de vino y varias cervezas, y emborracharse para terminar vomitando en el retrete hasta el último de los garbanzos en conserva de anteayer. Arrastrarse como un reptil con tembleque hasta la lona, y quedarse allí. Mirando al techo, dejando el tiempo pasar, y sí, pasaba, como una lombriz apesadumbrada que no tiene ninguna prisa, pues el hambre no se va a ir a ninguna parte. Y así, casi dos días.

Sonó la puerta. Unos buenos nudillos, tres buenos golpes, bum, bum, bum. Apremiantes, contundentes. No era el tipo de golpe que llama para ofrecerte un trabajo. Era el tipo de golpe que decía, quiero algo tuyo. Paga.

Al abrir la puerta le deslumbró, junto con el reflejo del cielo matutino entre las chabolas, el rostro prieto, hosco, rancio y sudoroso de su casero.
Shoshar era un hombre de cierta edad, y holgaba decir que los años no le habían pasado en balde: la tez morena, nariz cuadrada y ancha,  la calvicie avanzada, las arrugas profundas como surcos de arado, expresión resoluta, los ojos pequeños y faltos de cualquier rastro de empatía y la ropa –camisa, pantalones de faena y unas botas marrones que parecían haber pasado la guerra- notablemente limpia para la zona conformaban al tipo a quien Trevor le debía veinticinco créditos a la semana. Trevor, obviamente, limitaba el contacto al mínimo con aquél espécimen, que pese a ser poseedor –o eso rezaba su reputación- de una mala leche supina, le había alquilado aquella casa esquinera por un precio relativamente equilibrado. Nada más verle la cara en su primer encuentro, y más pronunciadamente en el momento de estrecharle la mano, Trevor había advertido las reglas implícitas en aquél contrato de arrendamiento: paga en el momento exacto, no me sorprendas, no me des problemas y no te los daré yo.
Así pues, nada más oír el golpe a la puerta Trevor se había deslizado hasta la mesilla al lado de la cama y al atender a su visitante ya tenía los 5 billetes, arrugados y muy usados, en la palma de la mano.

-Buenos días. –Shoshar tenía la voz grave, ronca e intensa de un hombre corpulento de su edad y el tono sereno pero ligeramente impaciente de quien ha cobrado alquileres como forma de subsistencia durante los últimos diez años.
-Buenos días. –Trevor sintió la tentación de arrojarle los billetes y cerrar la puerta para mitigar el escalofrío que le provocaba aquel tipo- ¿Todo correcto por el centro?
-Un calor asqueroso, como siempre. –Shoshar dio un paso hacia adelante y Trevor se retiró sin oponer resistencia mientras su casero atravesaba el umbral y daba un par de lentas zancadas hacia el interior de la habitación- Veo que no te has molestado aún en reparar la ventana.
-Fue una pelota de béisbol. Unos niñatos que jugaban al final de la calle. –Trevor señaló hacia el lugar en cuestión sin demasiado énfasis. Tampoco quería que se prolongara la conversación y que Shoshar descubriera que yendo borracho había roto la ventana de un codazo- Lo arreglaré esta semana, sin demora.
-Bien. –repuso él. No parecía habérselo creído, pero a la vista quedaba que tampoco le importaba en absoluto.

-Aquí está el dinero- avanzó Trevor, nervioso, tendiendo los billetes.
-El alquiler ha subido.-anunció Shoshar sin cambiar el tono de voz ni moverse siquiera- Son treinta esta semana.
Trevor palideció momentáneamente.
-No...no tengo treinta a mano ahora mismo.
-Pues más te vale tenerlos, porque el precio ha cambiado. No pongas esa cara –dijo al advertir el sutil albinismo que teñía el rostro de Trevor- están subiendo los precios de todo el área, sabías que iba a tocarte. No vivo en una nube.
-Sí, lo supuse, pero imaginé que no lo subirías hasta el próximo mes. No...no tengo a mano los treinta, lo siento, puedo pagar la diferencia la próxima semana.
Shoshar lo miró, sin apenas variar el gesto. Respiró profundamente.
-Mira –iba diciendo, mientras sacaba una pitillera plateada del bolsillo de la camisa- te permito esto porque llevas cuatro meses aquí y no te has demorado en ni un solo pago.
Sacó un cigarro liado en papel marrón y se lo puso en los labios. Trevor guardó silencio mientras una incómoda gotita de sudor nacía en su frente y caía, suicida, hasta su ceja.
-Yo de ti me preocuparía de tener los...treinta y cinco restantes, serán, para la semana que viene... –hizo un gesto  y Trevor le alcanzó los billetes- o de lo contrario estarás fuera de este antro antes de que puedas decir “mayik de mierda”. Y no bromeo. Y lo sabes.
-Lo sé, lo sé. No será un problema.
-No, no lo será.
Shoshar se llevó un mechero de gasolina bastante abultado y encendió el pitillo.
-No eres un mal inquilino. Además, es un coñazo encontrar en esta zona del distrito a alguien que no esté colocado todo el día y pague a tiempo. No dudo de que me pagarás como es debido.
Caló, expulsando a continuación una consistente voluta de humo gris. Trevor casi lo perdió de vista por un momento.
-Estaré aquí el martes que viene. A esta hora más o menos. –se deslizó de nuevo a zancadas hacia la puerta y Trevor se apartó con un respingo- Ten el dinero a mano.


Sin dar oportunidad a una confirmación educada, Shoshar se volvió hacia el gueto y empezó a andar con toda su paciencia y corpulencia calle abajo, sobre el barro a medio secar y la mierda de perro al sol, dando firmes zancadas con aquellas botas pardas, moviendo aquel cigarro entre los labios secos y exhalando al cielo del gueto aquel humo grisáceo y opaco, tan gris como las perspectivas de Trevor.

domingo, 6 de octubre de 2013

Prólogo (II)

Corría, con la muerte en los talones.

A cada zancada dejaba atrás dos metros más de terreno, dos metros más de salvación, lejos de las balas que silbaban al pasar junto a sus oídos. Volaba. Apenas sentía el escozor de los pies dentro de las viejas zapatillas al hendir cada paso en la calzada arenosa.

Las chabolas parecían quedar atrás, como manchas borrosas de colores ocres y rojizos. La barriada parecía terminarse a cada segundo, como si nunca hubiese corrido tan deprisa. Como si casi estuviera fuera del alcance. Como si fuese más rápido que las balas. La ajada chaqueta de tela se le abría a cada zancada, como un paracaídas a sus espaldas. La camiseta, amarillenta, mostraba charcos de sudor por la carrera. Y manchas de sangre.

 Los destrozados pantalones vaqueros casi terminaban de desgarrarse bajo el frenesí de las piernas.
Nunca había corrido tanto en su vida.

Y, de repente, la tierra desapareció bajo sus pies. Alex rodó terraplén abajo, dando con las costillas en la tierra fangosa a cada vuelta. Apenas llegó a la base del terraplén, se incorporó y siguió corriendo. Oyó los disparos a sus espaldas.

Trastabilló, casi cayó, siguió adelante como una bala. Pero supo que no podía seguir así mucho más. Las piernas le ardían. Le faltaban las fuerzas.

Notó la sangre caliente deslizándose por el muslo derecho. Cuatro gotas cayeron sobre el barro encharcado, tiñendo el agua de lluvia de un escarlata oscuro. Alex sintió cómo la conciencia parecía vertirse sobre el suelo junto con la sangre que brotaba de la herida. Flaquearon sus fuerzas y cayó sobre una rodilla.

Sus perseguidores lo vieron. Bajaron de ritmo. Se acercaron a él lentamente. Alex respiraba con dificultad, hundido en el barro hasta el muslo. Estaba haciendo un tremendo esfuerzo para no ceder la poca resistencia y dignidad que le quedaban y caer de cara sobre el cieno.

El cañón frío de una pistola le acarició el cuero cabelludo, desde atrás. Pensó, sólo un disparo, un tiro limpio, atravesando mi cráneo, horadando carne, hueso, seso y saliendo a través de mi rostro. Una ejecución rápida, sin siquiera mirarle a los ojos. Un tiro de espaldas para terminar con todo y convertirme en un cadáver más de los que he dejado atrás.

Sintió una gota aterrizar en la punta de su nariz. Luego otra en la frente. Llovía otra vez. El agua fresca humedeció su rostro perlado de sudor y pensó por un segundo que después de todo quizá era la mejor muerte que podía esperar. Quizá éste era el lugar que pertenecía, al barro encharcado, a la lluvia, limitándose a caer. Quizá en su vida no había hecho nada más que ser lluvia, ser gotas que acariciaban el cielo y luego lo abandonaban involuntariamente, abandonadas a una gravedad implacable, cayendo en picado sobre el barro.


Respiró entrecortadamente. Un último pensamiento echó un anzuelo atrás, a un pasado cercano pero tan lejano, al primer crimen y el primer disparo. A Pavlos y los demás. A la primera herida, la primera lluvia de la estación y aquel momento en que se sintió vivo, por única vez en mucho tiempo.

domingo, 7 de julio de 2013

Trenes.

Subió al tren con una maleta a cuestas. Eran veinte quilos de maleta, no poca cosa, pero aún así no era lo que más le pesaba. La colocó en cualquier sitio y se sentó en cualquier lugar, con un libro en la mano. Prefería de lejos perderse en aquellas líneas de imprenta que en el escenario monótono de vías, huertos y zonas industriales que atravesaba aquella vía ferroviaria. Era siempre la misma postal, los mismos retazos fotográficos de domingo y tardes grises. Además, con un libro viajaba mucho más rápido. Y adonde quisiera.

Se perdió durante unos minutos entre las letras hasta que ella subió al tren. No tenía nada de especial, no era la típica a la que los hombres hacen chirriar el cuello para ver pasar. De hecho, su primer pensamiento al verla no fue mucho más que "tiene pocas tetas".

Ella se sentó, como él, en un lugar cualquiera. Sin embargo, él la podía ver con un simple alzar de la mirada. Y ella a él. Ella se puso música en el móvil y se colocó los auriculares. Sacó un libro también, y lo abrió por la página señalada por un marcapáginas rojo. Él se sorprendió mirándola embelesado, viendo cómo se acomodaba, pasaba las páginas, se mordía inconscientemente el labio inferior mientras leía. Por alguna razón, pasó más tiempo mirándola a ella que al libro. Al poco rato no pudo sino concluir que era muy guapa, de estas bellezas que pasan desapercibidas pero no se olvidan y permanecen en la retina como los recuerdos de infancia en los álbumes de fotos. El pelo suelto. Los ojos que, cada vez que el sol daba de lado en el tren, quedaban salpicados de luz y parecían ser de ámbar.

Se sorprendió imaginándose sentándose a su lado, cada uno adelante con su vida, con su lectura, con sus penurias y problemas y alegrías, simplemente compartiendo aquella hora y media en silencio. Se sorprendió imaginándola hablar, quizá tendría acento de pueblo, de la costa, quizá directamente hablara otra lengua, quizá sonara áspera, o grave, o suave, o encantadora directamente. Se imaginó compartiendo miradas furtivas, una de aquellas miradas que atraviesan el vagón y se mantienen durante unos segundos sin que nadie de los dos quiera apartarla, hasta que uno, con disimulo y por vergüenza o aburrimiento, rompe el hilo y vuelve a su vida. Se imaginó llevándosela al diminuto y apretado baño del tren, besándose con lujuria contra la pared, bajándole les bragas con los dedos y follar como animales en un pequeño estallido de placer y calor. Se imaginó tumbarse con ella al atardecer sobre un césped recién regado, empaparse la espalda, mirar juntos cómo las nubes huían del sol color de la sangre y cómo la luz se extinguía en un holocausto de color. Se imaginó odiándola y siendo odiado por ella. Se imaginó rechazado. Se imaginó muchas y diversas cosas.

Miró de imprevisto el reloj. Emitió un suspiro.
Con un gruñido, guardó el libro, agarró la pesada maleta con una mano y atravesó el vagón. La miró. Ella levantó la mirada y lo miró también. Él casi pudo ver los matices verdes en aquellos ojos, las líneas, leer la prosa desgarrada leída segundos antes.

Pasó de largo y se plantó ante la puerta de salida mientras el tren se detenía en su estación. Con gesto adusto como de piedra, abrió la puerta con un chasquido y acarreó la maleta hasta el andén.

lunes, 1 de julio de 2013

AM.

Como interminables caravanas de escarabajos brillantes, plateados e inquietos, los automóviles trasegaban por la avenida en constante flujo, arriba y abajo, pilotados por gente también inquieta y en flujo, encadenadas al tictac constante de sus relojes de pulsera, batallando por superar el atasco a tiempo antes que el resto.

Entre aquella diaria guerra de cláxones, gritos y tamborileos de dedos sobre el volante la ciudad amanecía, bañada por la anaranjada luz del sol.


El café que se tomaba Nikolai Crahe, sin embargo, parecía ajeno a aquella algarabía. La ligerísima capa de espuma se entrelazaba en espiral con el café, dándole aquel tono suave y apetecible que el café bien hecho presenta a las ocho de la mañána. Los rayos del sol se filtraban a través del escaparate acristalado de la cafetería, que, lejos de bullir de actividad, parecía un refugio tranquilo en aquel caos matinal, con apenas un par de clientes en la barra y las mesas, Crahe sentado solo en una de ellas.

Hojeaba el periódico nacional, pasando por encima de los asesinatos, los ajustes de cuentas, el coche estrellado contra un árbol y la defunción del famoso cantante de soul Sterlyn Brown y pasando directamente a las noticias económicas. Uno de los más importantes ejecutivos del mayor banco del país necesitaba estar al día en los movimientos de las empresas nacionales. Sobretodo en la debacle económica que sacudía al país desde que las minas de ciprita empezaban a clausurarse por agotamiento de recursos. ¿Cómo iban a construir núcleos sin ciprita? ¿Cómo iban a abastecer de energía las ciudades?  Era un jodido desastre. Pero en los desastres, gente como Crahe conseguía hacer negocios redondos y aumentar su porción del pastel. Por lo pronto, había adquirido parte de una de las mayores mineras del país y se hallaba en tratos para perforar en territorio extranjero. Una mina, en todo el sentido de la palabra.

Era suficiente escarbar un tanto entre la mierda para encontrar oro. Mientras otros gritaban de miedo y señalaban, otros salían corriendo ansiosos hacia aquello que daba tanto miedo. Porque el miedo es poder. Y el poder lo abarca todo.


Un automóvil aparcó enfrente de la cafetería, chirriaron los frenos mientras acomodaba cuidadosamente el morro junto al coche más cercano. Crahe se llevó el café a los labios. Sorbió. Caliente. Y amargo.


Era una imbecilidad edulcorar algo que iba a seguir siendo amargo de todas formas. Mucho mejor aceptar el café como era, con su personalidad, con sus circunstancias. ¿Quién quiere un velo dulce de mentira que cubra lo amargo de la vida? Crahe no, desde luego.


Sorbió el café, hasta la última gota, hasta el último pedazo de aquella nota amarga, aquel hola. Aquel adiós. Tic tac. Las ocho y media.


El coche bomba estalló con violencia, despedazando el cristal, el ladrillo, el hormigón con una facilidad pasmosa. Como el manotazo de un gigante.

El estrépito de la explosión se extendió a lo largo de la avenida y por toda la ciudad. Los coches se detuvieron. El polvo se alzaba lento y estático. Todo pareció detenerse, en una nota sorda y seca, en el grito congelado en los rostros de los peatones.

Pero el grito no permaneció así mucho tiempo. Se extendió como un chillido unánime a lo largo y ancho de la calle, acompañado del descender del polvo, de la visión de la ruina que era ahora la cafetería, de las llamas. Las sirenas empezaron a sonar, reaccionando rápidamente, con eficacia.



Pero no las oía ya Crahe, antes alto ejecutivo, ahora cadáver sepultado.


Un nombre a tachar. Un cuerpo arrollado por un tren que no parecía detenerse ante nada.
Y el juego estaba a punto de empezar.

domingo, 16 de junio de 2013

IV.

La primera regla del combate era sencilla, corta y un tanto obvia: Nunca debe flaquear la voluntad.

Era lo primero que le enseñaron, pero algo tan simple como aquello podía venirse abajo cuando algo como aquello se plantaba ante tu rostro. Cuando un puñado de gruesos y numerosos tentáculos se te viene encima con velocidad y violencia inusitadas. Cuando el centro de aquel ser con extremidades de cefalópodo está en el centro de la masa de tentáculos grises que se abalanzan, el rostro oculto entre el cabello negro, caído sobre la cara.

Él seguía con el dedo índice sobre el libro, como un marcapáginas de carne. Durante apenas un segundo percibió las líneas que se entrelazaban, bailaban, marcaban una lenta danza de caracteres, se abrazaban entre sí describiendo cada párrafo. Letras vivas, cambiantes, entremezcladas. Una palabra acudió a su mente, y la dijo.

Frida salió despedida hacia atrás, lejos de él. Aterrizó con estrépito sobre el suelo embaldosado y brillante, ensuciándolo con el gris ungüento que embadurnaba los tentáculos. El cuerpo central del ser, la Frida original, se desplomó, pero al instante se volvió a erguir como un resorte, acompañado por su poblado acompañamiento de extremidades.

Él supo que iba a ser complicado volver atrás, detener la transformación y evitar que aquel monstruo saliese de la sala. Pero estaba entrenado para aquello. Ni siquiera la petaca entera podría hacerle fallar en su juicio al respecto.

Hojeó el libro con rapidez y detuvo el libro en una página, aparentemente al azar. Con voz clara leyó la palabra que acudió a sus ojos desde la marabunta indescifrable de letras.

Frida, que apenas se había levantado, recibió en plena cabeza la caída de un candelabro de no menos de doscientos kilos.

Probablemente aquel golpe sería definitivo para otros casos, pero éste parecía de otra clase. Él decidió no darle ningún tipo de piedad. Hojeó de nuevo, con prisa, detuvo una nueva página, gritó dos palabras que sonaron como el trueno en una noche lluviosa.

Frida ya sacudía los tentáculos, se quitaba de encima la masa de chatarra chapada en oro que fue el candelabro, y el suelo se elevó, las baldosas parecieron cobrar vida. Y acudieron a ella.

Con violentos vaivenes intentó deshacerse de la cerámica que la envolvía y ataba, pero no fue capaz. El mismo suelo ascendió hasta ella y la engulló, dejando apenas parte del tronco y la cabeza al descubierto. Los tentáculos quedaron sellados bajo la manta de baldosas. Dejó de sacudirse.

Él esbozó un amago de sonrisa y cerró el libro. Con lentos pasos se aproximó a ella. El libro fue sustituido por la petaca, que de nuevo fue descabezada y arrojó un inclemente chorro a su garganta.

Se detuvo justo ante lo que quedaba del cuerpo sepultado de Frida, que apenas se movía ya, sólo algunos gruñidos inaudibles desde el rostro oculto por el cabello. La miró con gesto adusto. Era común pensar que aquello que ataba a los pacientes, aquello que los dominaba, era algo externo, espíritus, demonios, fantasmas venidos de algún lugar donde el mal era puro y natural. Aquello aliviaba a la gente. Los alejaba del incómodo pensamiento de que en su mismo mundo el mal tenía lugar con la misma naturalidad con la que un demonio podía ejercerlo. Que una elegante señorita, joven, bella, bailarina de ballet, delicada como una muñeca de porcelana, amable, buena y pura, podía desarrollar el mal. Podía dejarlo crecer en su interior y florecer como una flor de negros pétalos. Y si ella podía, cualquiera podía. Cualquiera podía volverse loco, podía caer en la zona gris u oscura de la balanza, podía ser vil, violento, maníaco. El mal era un invento humano. Los demonios tan sólo eran opio para intentar olvidar ese hecho.

Sacó un cuchillo de caza de su bien aprovisionada gabardina. Dejó deslizarse la hoja por la yema de su dedo, vio emerger la sangre, roja, carmesí, brillante y caliente. Con gesto ceremonial pasó el dedo por la frente de Frida, dejando un surco rojo. Vinculándola a sí mismo. Intentando devolverla a la paz, a la cordura, al lado, si no brillante, ordenado de la balanza. Alejándola del caos.

Los tentáculos que asomaban bajo el sepulcro de baldosas perdieron color, consistencia, se pudrieron y momificaron en cuestión de segundos. Desaparecieron.

Y el suelo volvió a su lugar, volvió a ser la sala de baile de suelo liso y brillante. Y Frida dejó atrás la expresión de ira y locura, cerró los ojos y cayó en un profundo sueño mientras él la dejaba en el suelo.

Mientras observaba el plácido descanso de Frida, se preguntó para sus adentros si el taxi de Clovis habría quedado hundido bajo la lluvia de ahí fuera.







Frank despertó. Abrió los ojos y dio un respingo. Los ojos le devolvieron un extraño claroscuro, en contraste con la brillantez de la sala en que había estado. Bajo su trasero adivinó la silla en que estaba sentado, los ojos empezaron a distinguir el dormitorio, los muebles, su gabardina colgada en un perchero. Miró a su derecha y vio a Frida, tumbada en una cama, esposada de manos y pies a ella. Ahora dormía y su expresión era tranquila y relajada.

Se levantó y fue hacia la puerta. La abrió y afuera vio a una anciana señora, que le miró con gesto suplicante. No le dejó ni siquiera preguntar.

-...ella está bien.
El cuerpo entero de la anciana describió una completa sensación de alivio, suspiró. Frank casi creyó ver en sus hombros el escalofrío que precedía a un sollozo.
-Tan sólo ha de descansar. He hecho lo que tenía que hacer para aliviar su dolor. Si recae en algún momento, sólo llámeme. Al momento.
-Muchas gracias, señor...Muchísimas gra...
-Teníamos un trato.
-Sí. Es cierto.
La anciana se dirigió hacia un mueble del pasillo y de un cajón extrajo un monedero de cuero, viejo y desgastado. Lo abrió y sacó unos cuantos billetes. Se los entregó a Frank, que los contó casi sin variar la expresión. La miró.
-Acordamos trescientos.
-Lo siento, señor...no me han pagado la pensión este mes...he tenido que pagar a dos personas que han venido antes que usted. No he podido reunir más...
-Está bien.

Sin muchas más palabras, Frank se dio la vuelta. Conocía la salida. Salió del piso, bajó unos cuantos escalones del bloque y se sentó. Extrajo la petaca de la gabardina.
Y bebió. Bebió hasta terminársela.







domingo, 19 de mayo de 2013

...III

El pasillo crepitaba, ardía. El fuego sin llama se palpaba en el aire, invisible. Se sentía en la punta de los dedos, en las mejillas, en la gota de sudor que como una semilla germinaba en su frente y se suicidaba lanzándose por el puente de la nariz.

Y al fondo del pasillo, una puerta de roble, erguida como un centinela tallado en madera. Y el pasillo parecía fluctuar, alargarse. Ensancharse. Acortarse. Y el pomo parecía por momentos cercano, rozando la yema del dedo índice, y por momentos lejano como el satélite de la Tierra.

Se dio cuenta de que la energía a su alrededor perdía la forma, el orden, y que la estructura de la realidad no iba a sostenerse sobre unos pilares que temblaban de esa forma. De modo que avanzó un paso, luego dos, mientras el calor intenso secaba las gotas de lluvia que aún perlaban su chaqueta.

Y la abrió.

El umbral de roble dejó paso a una sala gigantesca.

Avanzó un paso, luego dos, y la puerta de roble se cerró con estrépito a su espalda. Nada sentía ya. El fuego invisible había sido silenciado, el calor había cedido paso a un tibio ambiente, el olor de azufre a aroma de rosas en agua. Lo cual podía ser bueno o terriblemente nefasto.

La sala podría haber sido cualquier sala, una sala de banquetes, una sala recreativa, una sala de torturas,  podría haber sido desde el sótano más pestilente de Londres hasta el despacho oval del presidente de una nación. En lugar de ello, era una sala de baile. Una gigantesca y amplia sala de baile.

Y allí estaba aquella a quien había ido a buscar.

Ella era alta, delgada, con el pelo oscuro recogido en un moño, como un alfiler rematado de negro. La piel, de un tono café, parecía latir, aterciopelada, pulsante. El rostro debió haber sido bello. Sin embargo era imposible hallar belleza actual en aquellos ojos desorbitados, inyectados en sangre, en la mueca rígida y salvaje, psicopática, sádica, como un demonio oni japonés. En las aletas de la nariz, que temblaban por la respiración atormentada y rápida.

El nivel de transformación era evidentemente alto en ella. Aquel rostro era suficiente para que el más templado de los hombres hubiera salido corriendo y hubiera bloqueado la puerta con algo lo suficientemente grueso como para no dejar salir a aquello, fuera lo que fuera.

El hombre detectó la energía que emanaba. Un patrón en apariencia constante, estable, pero con unas palpitaciones intensísimas a intervalos irregulares. La energía que había estado a punto de derrumbar el pasillo había quedado reducida a algo mucho menos llamativo, más bajo, más discreto, pero inquieto.
El hombre sabía bien que aquello sólo podía significar algo.
Estaba evolucionando.

Súbitamente ella se dobló, emitió un gañido sordo y prolongado, seguido de un grito desgarrador que venía de los límites de lo infrahumano; cayó, se puso a cuatro patas, el moño a punto de deshacerse liberaba mechones de pelo que le colgaban sobre el rostro oculto, violentamente contraído.

Sin embargo, Él no había venido desde los confines de la mente, había pasado fronteras y había sido llevado en el taxi de Clovis bajo la lluvia atronadora para dejarse acojonar por una simple transformación.

Hurgó en su gabardina, sacó una petaca. Con toda la tranquilidad del mundo rodó el tapón plateado, inclinó el recipiente y derramó un largo chorro de whisky sobre su lengua. Bebió con vehemencia hasta medio vaciar la petaca. Luego la tapó y guardó.

A la cosa se le estaba acelerando la transformación. Sin embargo, el bebedor de whisky poca prisa tenía en impedirlo. Observó con paciencia la chepa que crecía en la espalda de la criatura, gruesa y abultada como un bulbo de tulipán, pero de un tamaño que poco a poco igualaba el de un niño.

Él extrajo esta vez un libro, grueso, de cubiertas de un azul oscuro como el mar en invierno, lo hojeó rápida y distraídamente y puso el dedo en una página, manteniendo el libro ante sí.

-Frida Wilkins. -pronunció con voz serena, ronca, baja aunque lo suficientemente clara para oírse en toda la sala.- Tienes algo en ti que no es tuyo. He venido a matarlo. He venido a liberarte. No será agradable, ni rápido, ni, por supuesto, indoloro. Pero tu mente y tu familia lo agradecerán.

La chepa estalló, liberando multitud de tentáculos, gruesos como el brazo de un hombre adulto, que se desparramaron por el suelo de la sala de baile, inundándolo de extremidades y terror. El cuerpo quebrado de Frida se elevó, sujetado por los tentáculos que emergían de su espalda. Sus ojos parecían cerrados. Ya no era ella la que tomaba el control, sino aquello que la habitaba.

Él buscó rápidamente algo ingenioso que decir. Se le solían ocurrir cosas realmente hilarantes y que a su parecer ayudaban a romper el hielo, pero estaba extrañamente bloqueado en aquel momento. Quizá necesitaba más whisky, quizá necesitaba un polvo, quizá necesitaba terminar aquello rápido y largarse a casa.

La cosa no le dio opción. Se abalanzó sobre él.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

...II


Sin mediar palabra el pasajero, sentado en el asiento trasero, abrió la puerta del taxi. La lluvia se intensificó al olerle, o eso pareció. Rugía las gotas. La atmósfera, el viento frío lo acariciaron y le erizaron la piel. La humedad crecía. Afuera del taxi el mundo parecía estar en guerra. Clac, clac, clac, clac, continuo, ensordecedor, violento. Sin embargo las voces antes claras sonaban acalladas, sordas, débiles. Sin un adiós, un gracias, propina ni pago, el pasajero salió afuera.

Las voces enmudecieron.

La lluvia lo caló en segundos, lo empapó, perló de gotas y luego de manchas oscuras de agua el grueso abrigo, el sombrero, los zapatos se sumergieron hasta el tobillo en agua, fría y voraz y revuelta.
Se movió chapoteando, dio un portazo, corrió hacia la acera.

Allí la altura de la acera hacía que el agua sólo le lamiera los zapatos, ya chorreando. La cornisa le cubría de la lluvia feroz por apenas centímetros. La pared, gris, sucia. Cubierta de carteles, una capa tupida de ellos. Publicidad, eslóganes, mojados, color descolorido y añejo, papel podrido de la humedad. Lo palpó, asió los bordes de los carteles. Los desgarró, tiró de ellos, los arrojaba al suelo. Ras. Los pedazos flotaban sobre el agua, se mojaban y se hundían. Tras rasgar dos de ellos palpó y asió un pomo de puerta.

Con abrirlo se rasgaron el resto de carteles. Caían al suelo. Beba Coca-Cola. Industrias cárnicas Dillidge. Planes de seguros Avesa. Se hundían en el mar.

Empujó y las bisagras chirriaron. Derramaron polvo los marcos viejos y la entrada se abrió como una herida en el muro.

Suelo de madera astillada y vieja, una luz tímida que descendía desde un pequeño ventanal en la pared frontal y alumbraba una escalinata de madera carcomida que subía a un piso superior. Vio todo aquello desde la entrada.

Miró una última vez a sus espaldas, goteando los bordes del sombrero, y a través del tapiz de agua vio las luces amarillas del taxi. No se iría. Su deber era quedarse allí. Aquella tarea tan simple era la razón de existir de Clovis, el taxista. Conducir. Esperar. Conducir.

El pasajero tenía un cometido más complicado. Dirigió su mirada otra vez a la escalera, y los oyó. Susurros. Un rumor suave que se propagaba bajo el estruendo pluvial. Sabía que una vez entrara, no tendría mucho tiempo.

sábado, 17 de noviembre de 2012


Rompía el anochecer la lluvia sobre el caparazón de hormigón de la ciudad.

Las gotas caían a plomo sobre el asfalto, un suicidio húmedo y colectivo, cientos de miles de millones de ellas estrellándose contra el frío suelo, empapando las calles, los edificios, los abrigos, las almas.

Por momentos parecía ceder aquel acto, aquel teatro atmosférico, aquel bello espectáculo, pero sin ánimo alguno de rendirse las nubes seguían dejando caer más y más gotas, como un tapiz de agua y de tarde gris.

El taxi rojo avanzaba bajo aquel caos, un oblongo escarabajo impermeable, con los faros de xenón alumbrando las gotas que no cesaban de caer y caer, recreándose en su sonido al chocar contra el techo del vehículo. Clac, clac, clac. Un martilleo continuo.

Frío y mojado.

Los suburbios de la ciudad parecían acoger en su seno al taxi, que erraba solo pero con rumbo, a través de sus calles y del asfalto brillante y encharcado. De tanto en tanto la rueda se metía en un bache, el taxi se hundía y volvía a subir y el conductor soltaba un insulto dirigido a nadie en particular. Los apartamentos grises y viejos, sacados todos del mismo y burdo molde, parecían sonreír. Una sonrisa oscura. En el cielo las nubes no dejaban ver los últimos estertores del día, que dejaba poco a poco que el crepúsculo le arrebatara su lugar.

Apenas había coches aparcados, apenas gente que saludar o que dirigiera miradas hoscas, hurañas, enrarecidas al taxi. Estaba él solo, avanzando bajo el telón transparente que caía y caía. Y cada vez estaba más cerca. Las calles se sucedían, una tras otra. Cada vez estaba más cerca. Clac, clac, clac. Más y más gotas.

Uno podía saber cuándo estaba a punto de llegar al corazón de los suburbios. Era una olor en el aire, era el color de los edificios, la textura del ladrillo, la pintura resquebrajada y cediendo a pedazos bajo la maza del tiempo. Era el sol un poco más oscuro, la lluvia un tanto más intensa, un peso en el corazón, como un yunque colgado de un hilo que lo arrastraba hacia el fondo.

Clac, clac, clac.

Y las voces. Si escuchabas atentamente podías oírlas. No tenían tono, no tenían pasión. Eran órdenes, susurros, gritos, lloriqueos, declaraciones de amor. Desprovistas de significado, desnudas, simple palabra cruda reverberando en el aire y el humo. El humo del taxi. El taxi que avanzaba.

Él las oía. Las oía mientras agarraba suavemente el volante envuelto de cuero viejo sintético, las oía mientras tomaba la curva con suavidad, las oía tan claramente como el clac, clac, clac, incesante.
Cerca del corazón los baches eran más pronunciados, más numerosos, el asfalto menos firme y joven y más agrietado e irregular. Pero el taxi seguía adelante, impertérrito. Las suspensiones crujían pero no tenía importancia. Adelante. Y llovía.

Llovía tanto en aquella zona que no había lugar ya a salvo del agua. Los charcos crecían y se unían unos con otros, engullendo las aceras, formando torrentes, precipitándose dentro de los garajes, anegando todo aquello al alcance. El agua no mostraba piedad. Lamía las llantas del taxi, avariciosa, y cuanto más se acercaban más alta llegaba, más embravecida se movía, mayores eran los remolinos, su fuerza, su fragor.

Clovis apagó el cigarro en el desgastado salpicadero. Una voluta de humo se elevó al apagarse la colilla. Detuvo el taxi, apagó el motor, tiró del freno de mano.
-Es aquí.

miércoles, 18 de julio de 2012

Noche.


Como una lluvia sucia acudió la oscuridad sobre el Bastión, relegando al Sol al rol de durmiente, sumiendo el lugar en sombra y crepúsculo. Se renovaron los turnos de guardia y los vigilantes apuraban el último sorbo de la jarra para ir a situarse en las puertas. Eructando, arrastrando las botas viejas, recogiendo de la armería un rifle polvoriento y parcialmente oxidado que se encasquillaba a los dos disparos. Se cerraba la reja de la entrada, se quedaban de pie, encendían un pitillo y el humo se mezclaba con la humedad nocturna creando volutas ascendentes. Y de alguna forma, la fortaleza parecía adquirir una vida renovada, continuaban los gritos en la taberna ahora que llegaban los anteriores vigilantes a echar nuevos tragos, se encendían velas en las habitaciones de los pisos superiores, alguien se echaba a dormir y, acogido por el lecho, emitía ronquidos de oso.

martes, 6 de marzo de 2012

Los tres primeros párrafos.


Todas las noches. Es algo constante, invariable, fijo como un obstáculo pesado e imposible de mover. Un acontecimiento prefijado, siempre en el mismo orden y de la misma forma. Constante, inefable. Tan irreal y desconocido como el vacío. Y sin embargo se me antoja imposiblemente familiar.

La hierba, alta, verde, húmeda del clima atlántico recorta una silueta de sierra contra el cielo nublado. Los dólmenes, piedras musgosas y ciclópeas, más viejas que el tiempo y quizás que la humanidad que las arrancó de la montaña, se enclavan en el suelo pleno de barro como vigías del horizonte y testigos del delirio que desfila ante mis ojos. Tras ello, como si fueran fotogramas de una película, cambia la imagen, acude la oscuridad como un súbito telón, un pantallazo negro. Y de ella emerge un pilar de luz vertical, venida de alguna parte. La luz toma tierra en un suelo rocoso, desnudo y escarpado, engalanado por un pedestal, de cuyo tórax nace una máquina. Dos brazos artificiales de algún metal indeterminado abrazan la luz que cae lentamente sobre ellos, cubriendo a su vez una especie de tarro dorado que gira con parsimonia, cual centenaria caja de música dejando adivinar parte de los engranajes, los cables, la maquinaria que mantiene todo esto en funcionamiento, las venas y arterias de la criatura, instituyendo un equilibrio que sin embargo no me sugiere nada más que un horror indecible. El equilibrio del terror.

Todo se torna borroso. Vuelves a la hierba y por un segundo hueles la hierba mojada. Llueve y sigues allí, pero la visión se tambalea y tu mente te hace regresar. 

martes, 17 de enero de 2012

Salgo de tu casa y afuera diluvia. No esperaba un aguacero tan grande, aunque el pronóstico estaba claro. Me arropo en la cazadora y cruzo a zancadas la calle, cubriéndome bajo las cornisas. Mi cuerpo sigue caliente por lo que pasar frío es imposible.
Las gotas se deslizan por las fachadas, surcan el aire en un último vuelo triunfal y se estrellan en la superficie de los charcos, que se contraen y se deshacen en ondas. Corro para llegar al coche sin mojarme, algo casi imposible. Me calo en segundos. Un hombre busca la farmacia de guardia. Se lo indico con dos frases cortas y sigo, con más agua que plástico en la cazadora.
Salto un charco, evito el barro y entro al coche. Sudo un poco. Afuera parece haber estallado una guerra entre nubes, los rayos son sus cañones y las gotas de lluvia sus balas. Pero bajo techo todo se ve distinto. Como un verdadero espectáculo.
Arranco el motor, suena Noel Gallagher. Vuelvo a casa sonriente.

viernes, 13 de enero de 2012

Torres de Manhattan con qperii


Ahí estaba de plantón, esa chica a la que tanto quería y ahora lloraba desconsolada, me miraba, no con odio, en su mirada solo percibía una enorme sensación de vacío, de rabia por no poder hacer nada…

Mi interior era un gigantesco témpano helado. Era como si no pudiera ya sentir nada más que una extraña pena, una sensación alienante, como si yo no estuviera allí frente a ella viendo sus lágrimas resbalar por sus mejillas, como si estuviera lejos, ajeno a todo aquello, incapaz de comprender por qué lloraba. Como si aquello ya no fuese conmigo.

Salí de la habitación intentando comprender qué había pasado, cómo habíamos llegado a este punto, en qué momento dejé de admirarte, de quererte… Sólo podía pensar en que otra vez todo había ido estúpidamente mal por mi culpa. Iba dando pasos hacia la salida mientras escuchaba tus llantos, no pude contenerme y volví a la habitación a intentar consolarte.

Mientras te abrazaba y te sentía temblorosa y sollozante contra mis brazos, no podía dejar de ser terriblemente consciente de un hecho: esto era un final. Nada volvería a ser como antes. No podía sentir lo que tú sentías ni ansiar lo que tú ansiabas en aquel momento. Mi camino se había separado del tuyo demasiado tiempo antes como para que se volvieran a unir.

Decidí marcharme, total, allí ya no podía hacer nada más que daño, me odio a mí mismo por hacerte daño, yo pienso que es lo mejor, aunque tú pienses que soy un ser despreciable en ese momento,  no hay nada que me duela más… Bajo las escaleras y las lágrimas empiezan a inundar los ojos. Cierro la puerta del portal y empiezo a correr, como si no hubiera mañana, como si no me importara hoy…

Corro sin parar, notando mis piernas arder, como si dejara atrás todo aquello que quiero abandonar en la cuneta de mi vida, como si en mi mente retumbara a gritos la orden de alejarme, de irme allí donde nada de esto pudiera seguirme, donde nadie me conociera y donde remordimiento sólo fuese una palabra.

Tropiezo. Me sangran las manos, aprieto los puños, me levanto y me siento, en mis músculos tensos noto que quizás todo esto sea un enorme error, una simple crisis… Tengo que calmarme pienso, ir a casa y ducharme, cenar y dormir un poco. Cojo un taxi, en el transcurso del viaje no dejo de observar por la ventana un gris paisaje de ciudad que acompaña mi estado de ánimo. Ya en casa me ducho, pero no ceno, al abrir la nevera la cerveza se ilumina como un cartel de neón de un puticlub de la autopista.

Abro la cerveza y el gas chisporrotea al escapar, sonando como el disparo de salida de una noche que se antojaba larga y solitaria. Y llena de droga en sangre.

Alcohol, mi analgésico preferido. Eché un largo trago y la cerveza entró a chorro en mi garganta, como tantos millones de veces antes. Rebusqué en mis cajones en busca de drogas. El hachís parecía el compañero de baile perfecto. Lié un porro y lo aproximé a los labios. Las caladas y los tragos se alternaban a intervalos irregulares, alejándome de la culpa, de la realidad, de cualquier sensación que pudiera hacerme sentir .

Me tambaleé hasta la cama, música en mis oídos, una persona llorando por mí, y un único deseo, borrar este día de mi vida. Dejar caer un velo sobre mi extraña vida, una noche más.

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