Dices verano y el piloto del aire acondicionado chisporrotea.
La quejumbre del mediodía pesado como el plomo te persigue hasta dentro de los trenes. Cada traqueteo es una sinfonía. Cada eco de tus párpados, un minuto que muere.
Y nos dedicamos a ver el tiempo morir, en sus mil formas y disfraces. A sentir la cerveza hirviéndote las sienes, A que el sol naciente sea nuestro heraldo y las resacas nuestras consecuencias.
A seguir los caminos que quieres seguir porque el tiempo disfrutado es lo único que parece detener los relojes. A retener el grano de arena de la clepsidra en caladas, tragos, besos, mordiscos y las muecas que preceden a las carcajadas. A lanzarte de cabeza a los pozos porque has aprendido que las noches de tu vida son tan naturales como los días y que no puedes levantarte si no has dado un traspiés.
Llevas cicatrices de sol junto a los callos en las manos y las ojeras de no dormir por el calor que ya son tan parte tuya como tu costumbre de pillar resfriados. Aprendes a guiarte por el tictac de las sístoles y diástoles como el aprendiz de músico se guía por el metrónomo y simplemente persigues, persigues aquel grano, para que no muera, para sostenerse en un vacío corporal que nos salve del vacío existencial.
Y que si no podemos rebobinar el momento, lo hagamos durar para siempre.
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jueves, 9 de julio de 2015
manillas rotas
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jueves, 30 de enero de 2014
Hoy he amanecido estupefacto. Embotado. He disparado un tiro en la oscuridad y he encendido una luz. He gateado con manoplas de andar por casa hasta el café, que me ha dado los buenos días con un soplido amargo y una caricia caliente en la boca. Me he arrastrado de vuelta a la habitación. Con ojos envejecidos he revisado los apuntes. Una. Otra vez. Líneas que no significan nada, información bruta golpeándote contra la frente como la marejada en el acantilado, bum, bum, se retira, y vuelve a golpear.
Con la mente en plena tabula rasa he llegado al examen. He escupido palabras sin sentido, reformulaciones, definiciones, estupideces de relleno, paja hecha tinta. ¿Salvado? No creo. Un golpe de pala más a mi hoyo académico.
Recién salido del examen he ido a saludar a una amiga. Un encuentro breve, ojos y oídos cansados, un saludo, unas risas y un cálido abrazo. Y al salir de la facultad Valencia me volvía a abofetear en el rostro, con una mirada impertinente y un golpe de viento frío. De nuevo en casa, más café, dolor de cabeza pero ningún impulso de derrumbarme sobre la cama. Comer, descansar, escribir, leer, escribir. Y ahora garabateo estas líneas sin saber muy bien por qué. Puede que algunos necesitemos dejar constancia de que, simplemente, siguen pasando los días. Sin pena ni gloria, pasan. Y pasan. Y en veinticuatro horas las manecillas del reloj estarán en el mismo sitio, y a saber dónde me encuentran. Bebiendo, probablemente. Besando, probablemente no.
Quizá mañana vuelva aquí de nuevo y escriba lo mismo. Que me levanté, me cansé y las horas volaron raudas a acumularse sobre mi espalda para encorvarme y llevarme a la cama. Que pasó otro día sin pena ni gloria. Que fuimos un poco más viejos, sin entender muy bien por qué, ni cómo. Que el tiempo nos volvió a ganar la partida, un día más.
Quién pudiera hacer las horas infinitas. Alargar los roces, las caricias, los abrazos y cada palmo de felicidad que conseguimos en esta eterna escaramuza que vivimos. Estirarlos como un chicle y que, sin embargo, mantuvieran su sabor. Hacer infinito lo efímero. Congelar el último beso que te arranqué, y lanzarlo al viento.
Con la mente en plena tabula rasa he llegado al examen. He escupido palabras sin sentido, reformulaciones, definiciones, estupideces de relleno, paja hecha tinta. ¿Salvado? No creo. Un golpe de pala más a mi hoyo académico.
Recién salido del examen he ido a saludar a una amiga. Un encuentro breve, ojos y oídos cansados, un saludo, unas risas y un cálido abrazo. Y al salir de la facultad Valencia me volvía a abofetear en el rostro, con una mirada impertinente y un golpe de viento frío. De nuevo en casa, más café, dolor de cabeza pero ningún impulso de derrumbarme sobre la cama. Comer, descansar, escribir, leer, escribir. Y ahora garabateo estas líneas sin saber muy bien por qué. Puede que algunos necesitemos dejar constancia de que, simplemente, siguen pasando los días. Sin pena ni gloria, pasan. Y pasan. Y en veinticuatro horas las manecillas del reloj estarán en el mismo sitio, y a saber dónde me encuentran. Bebiendo, probablemente. Besando, probablemente no.
Quizá mañana vuelva aquí de nuevo y escriba lo mismo. Que me levanté, me cansé y las horas volaron raudas a acumularse sobre mi espalda para encorvarme y llevarme a la cama. Que pasó otro día sin pena ni gloria. Que fuimos un poco más viejos, sin entender muy bien por qué, ni cómo. Que el tiempo nos volvió a ganar la partida, un día más.
Quién pudiera hacer las horas infinitas. Alargar los roces, las caricias, los abrazos y cada palmo de felicidad que conseguimos en esta eterna escaramuza que vivimos. Estirarlos como un chicle y que, sin embargo, mantuvieran su sabor. Hacer infinito lo efímero. Congelar el último beso que te arranqué, y lanzarlo al viento.
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miércoles, 16 de mayo de 2012
Somos esclavos atados por cadenas invisibles. Cadenas que nosotros mismos creamos y forjamos día a día, con eslabones tan resistentes como el metal más duro conocido. Y una vez nos movemos un poco en el cubil nos damos cuenta de que estamos atrapados. De que la libertad pasa a ser una cruel fábula.
Muchas veces llevamos una de las peores cadenas en nuestras propias muñecas, cadenas con manecillas o números digitales, un torrente de tictacs que portamos con nosotros. El tiempo es la peor cadena.
Algunos no podemos dejar de suscribir el viejo dicho de que el tiempo es oro. De que se escurre por el orificio de la clepsidra como granos de arena, de que cada minuto más es un minuto menos y que ello convierte los momentos en únicos, sí, pero también en irrecuperables.
Hay simplemente demasiado que hacer. Vivimos atenazados por trabajos, estudios, salud, mentiras y tonterías sin pensar que el final se acerca. Quizás en ochenta años, quizás mañana. Sólo el azar lo sabe, y probablemente no lo tenga del todo claro.
Sudamos sangre por encontrar el momento adecuado, por aprovecharlo, esperamos a que llegue, perdemos tiempo, tiempo que nunca ganaremos otra vez. Una y otra cadena nos ata al suelo.
Sólo podemos ser juiciosos, aprender y no errar los tiros. Y si los erramos, no fallar por segunda vez. Porque la gente perdona, pero el tiempo no lo hará. Suerte.
Muchas veces llevamos una de las peores cadenas en nuestras propias muñecas, cadenas con manecillas o números digitales, un torrente de tictacs que portamos con nosotros. El tiempo es la peor cadena.
Algunos no podemos dejar de suscribir el viejo dicho de que el tiempo es oro. De que se escurre por el orificio de la clepsidra como granos de arena, de que cada minuto más es un minuto menos y que ello convierte los momentos en únicos, sí, pero también en irrecuperables.
Hay simplemente demasiado que hacer. Vivimos atenazados por trabajos, estudios, salud, mentiras y tonterías sin pensar que el final se acerca. Quizás en ochenta años, quizás mañana. Sólo el azar lo sabe, y probablemente no lo tenga del todo claro.
Sudamos sangre por encontrar el momento adecuado, por aprovecharlo, esperamos a que llegue, perdemos tiempo, tiempo que nunca ganaremos otra vez. Una y otra cadena nos ata al suelo.
Sólo podemos ser juiciosos, aprender y no errar los tiros. Y si los erramos, no fallar por segunda vez. Porque la gente perdona, pero el tiempo no lo hará. Suerte.
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