Miras los relojes y notas cómo el tiempo se escurre, formando un pegadizo y viscoso fluido que se vierte entre la noche y el día, agitándose en el fondo de tu copa y bajando hacia tu estómago a cada trago.
Notas el corazón en alto, erecto ante el prometido nuevo año. Y como cada uno, tú tienes tus propósitos. Tus promesas. Tus "lo haré", por los que pondrías la mano en el pecho en algunas ocasiones y te reirías a carcajadas en otras. Todas esas facetas potenciables que podrían convertirte en un futuro en alguien de provecho. De provecho, eso que dicen las madres.
No soy distinto. Quisiera hacer muchas cosas este 2012. Diríamos, "quiero ser mejor" pero la mejoría es siempre relativa y conlleva empeoramiento en otros aspectos.
Quisiera ser más valiente. Más sacrificado. Acostumbrarme a perder el tiempo por lo que vale la pena y no por lo que no. Estar dispuesto a poner toda la carne en el asador cuando haga falta, a llevar algo adelante. Hacer cosas importantes, ya sabes, empezar todo eso que quisiera hacer una vez en la vida. Y llevar a cabo alguna de esos objetivos.
Probablemente de aquí a un año vuelva y haga una lista con todo lo no cumplido, pero estoy seguro que con algo sí cumpliré. Aunque sea poco. Suponiendo que esta noche la euforia no me haga entrar al año nuevo con los pies por delante.
Feliz año. Pasadlo bien.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Itachi.
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miércoles, 28 de diciembre de 2011
We own the woods
Me recuerdo de pequeño con esas ganas de escapar de las manos paternas y correr por el bosque, trotar y gritar, como en una imaginaria escena de caza en manada. Como si fuera uno más de los lobos y no un enano rechoncho.
Ese genuino placer del viento en la cara que nos devuelve a épocas anteriores, donde éramos uno más en la cadena alimenticia, cazábamos y matábamos con las manos desnudas o piedras afiladas. El aroma de resina que apela a lo más primitivo del ser, todo ello quiero creer que está grabado a martillo y cincel en nuestra sangre y que nos empuja a querer sentirnos uno con el bosque.
O quizás es sólo el afán de sentirnos pertenecientes a algo, el sentirnos unidos, el creer que no soy el único que corre como un loco entre los árboles, cazando presas que se deshacen en el vaho de mi ansioso aliento, y saber que cuando quiera puedo ser como los lobos, un cazador ágil y veloz, instintivo, cruel y letal.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
blindfold
Soy miope.
Desde pequeño sé que, al igual que tantas otras personas, si me quito las gafas voy a verlo todo borroso. Todo aquello que se aleje de una distancia determinada va a aparecer en mi cerebro cubierto por una fina niebla, desdibujado, poco nítido. A más de dos metros me cuesta reconocer una cara.
No se trata de ninguna catástrofe, pero este tipo de cosas dan cierto reparo. Pensar que irás por la calle a tu bola y que no podrás leer carteles, que no reconocerás a varios conocidos que probablemente se te queden mirando en busca de un saludo, que a más de cien metros no vas a ver una mierda en general.
Pues con otros asuntos ocurre algo parecido. Es como dudar. Saber que hay cosas que no sabes, incluso cosas más allá de tu comprensión, abruma. Es como ver el vaso partido de la mitad, sin lugar a poder averiguar si está medio lleno o medio vacío. Como sólo ver una de las dos caras de la moneda. En ciertos momentos, el desconocimiento incluso aterra. Piensas: si el conocimiento es poder, ¿la ignorancia es fragilidad? Y, en ese caso, ¿a quién le gusta ser frágil?
El caso es que no puedes depender de ello. De saberlo siempre todo. De conocer cada detalle y proponerte a ti mismo la tara de que no puedes decidir sin tener toda la información. Pretender que no vas a tener nunca dudas. Sería absurdo.
No hay más remedio que echar de coraje y avanzar, sin miedo. Después de todo la probabilidad de error no es tan alta. Y si se da, podrás soportarlo. Pero la duda es una tortura mucho peor.
Reventemos las dudas. Amontonémoslas y que se quemen hasta que la ceniza se apague. Vayamos a lo loco, joder, divirtámonos. Hagamos las cosas fáciles. Después de todo, cruzar la calle sin ver una mierda tiene su morbo.
Desde pequeño sé que, al igual que tantas otras personas, si me quito las gafas voy a verlo todo borroso. Todo aquello que se aleje de una distancia determinada va a aparecer en mi cerebro cubierto por una fina niebla, desdibujado, poco nítido. A más de dos metros me cuesta reconocer una cara.
No se trata de ninguna catástrofe, pero este tipo de cosas dan cierto reparo. Pensar que irás por la calle a tu bola y que no podrás leer carteles, que no reconocerás a varios conocidos que probablemente se te queden mirando en busca de un saludo, que a más de cien metros no vas a ver una mierda en general.
Pues con otros asuntos ocurre algo parecido. Es como dudar. Saber que hay cosas que no sabes, incluso cosas más allá de tu comprensión, abruma. Es como ver el vaso partido de la mitad, sin lugar a poder averiguar si está medio lleno o medio vacío. Como sólo ver una de las dos caras de la moneda. En ciertos momentos, el desconocimiento incluso aterra. Piensas: si el conocimiento es poder, ¿la ignorancia es fragilidad? Y, en ese caso, ¿a quién le gusta ser frágil?
El caso es que no puedes depender de ello. De saberlo siempre todo. De conocer cada detalle y proponerte a ti mismo la tara de que no puedes decidir sin tener toda la información. Pretender que no vas a tener nunca dudas. Sería absurdo.
No hay más remedio que echar de coraje y avanzar, sin miedo. Después de todo la probabilidad de error no es tan alta. Y si se da, podrás soportarlo. Pero la duda es una tortura mucho peor.
Reventemos las dudas. Amontonémoslas y que se quemen hasta que la ceniza se apague. Vayamos a lo loco, joder, divirtámonos. Hagamos las cosas fáciles. Después de todo, cruzar la calle sin ver una mierda tiene su morbo.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Alive.
Siempre me he dicho a mí mismo: "Quiero sentirme vivo"
He intentado expresar este deseo de miles de formas. Escribiendo sobre echar a correr, sobre sensaciones, sobre el viento en el rostro, sobre toda la gama de sentidos, tacto, oído, gusto, vista y olor, sobre el dulce sonido de la música en mis oídos, el suave roce de tu piel desnuda contra la mía, el amargo sabor del chocolate negro en mi lengua, la imagen de una puesta de sol, unos ojos hermosos, un paisaje inolvidable.
Siempre he necesitado demostrármelo a mí mismo, decirme una y otra vez que puedo sentir, que soy afortunado de seguir en pie y vivo, que cada segundo es un tesoro y una cuerda a la que me aferraría ferozmente. Quería tatuarme "Alive." en el brazo, escribir sobre el sentido de la vida, aprender a tocar una guitarra y contribuir a esa gran obra de teatro que es el mundo, gritar una y otra vez lo que soy y quiero ser, lo que he sido y lo que seré.
Huir de los problemas, verlo y probarlo todo, beber hasta caer, reír hasta que me duela la mandíbula, besarte hasta que no podamos más, follarte hasta el agotamiento. Correr, sentir mis músculos latir con toda su fuerza, creerme un animal invencible y sentir en mis arterias la sangre y el poder de millones de años de evolución. Ser primitivo, instintivo, hedonista. Caminar por un bosque y ver, oler y tocar el paso de las estaciones, de los años, sentir una pequeña alma verde en cada árbol y hoja caída.
Ser todo y nada, sentirme lo mejor y lo peor del mundo, experimentar cada gama de sentimiento que pueda tener al alcance de la mano, dar y recibir placer, ser bestia y humano, magnánimo y cruel, pacífico y violento. Pasear por las dos caras de la moneda de mi vida y besar el rostro que aparece grabado en ella.
Y lo paradójico es que pienso continuamente en todo el camino que me queda por recorrer, en las miles de cosas que quiero hacer antes de que, inevitablemente, un punto y final accidental o natural ponga fin a mi vida. Y río, porque sé que estoy vivo, más vivo que nunca, y que voy a disfrutar mucho de esto.
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