Dices verano y el piloto del aire acondicionado chisporrotea.
La quejumbre del mediodía pesado como el plomo te persigue hasta dentro de los trenes. Cada traqueteo es una sinfonía. Cada eco de tus párpados, un minuto que muere.
Y nos dedicamos a ver el tiempo morir, en sus mil formas y disfraces. A sentir la cerveza hirviéndote las sienes, A que el sol naciente sea nuestro heraldo y las resacas nuestras consecuencias.
A seguir los caminos que quieres seguir porque el tiempo disfrutado es lo único que parece detener los relojes. A retener el grano de arena de la clepsidra en caladas, tragos, besos, mordiscos y las muecas que preceden a las carcajadas. A lanzarte de cabeza a los pozos porque has aprendido que las noches de tu vida son tan naturales como los días y que no puedes levantarte si no has dado un traspiés.
Llevas cicatrices de sol junto a los callos en las manos y las ojeras de no dormir por el calor que ya son tan parte tuya como tu costumbre de pillar resfriados. Aprendes a guiarte por el tictac de las sístoles y diástoles como el aprendiz de músico se guía por el metrónomo y simplemente persigues, persigues aquel grano, para que no muera, para sostenerse en un vacío corporal que nos salve del vacío existencial.
Y que si no podemos rebobinar el momento, lo hagamos durar para siempre.
jueves, 9 de julio de 2015
manillas rotas
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viernes, 8 de mayo de 2015
fish tits, titty fish
¿Por dónde íbamos?
Estuve rozando los cielos con la punta de mis escaleras,
pero con peldaños de cristal nunca subes demasiado alto. Caí y desde entonces
lo repito con peldaños de fertilizante.
Repito y repito y el calendario ya no cuenta nada porque los
días son para quienes pueden ver el sol salir. Mi sol no encuentra la salida
del laberinto porque los guardianes lo tienen amenazado.
Soy tantas cosas que me caben las respuestas en los dedos de
una mano. Soy complejo como lo es el cerebro de una oveja. Quizá use aquél: el
mío me pidió un reemplazo por correo certificado pero el cartero estaba
demasiado borracho para traerlo a tiempo.
Vaya, y qué: los problemas vuelven como las estaciones del
polen y en cada estornudo hay un amigo que no serás capaz de recuperar. El
mejor cerebro tiene alas y lo llaman golondrina porque siempre sabe encontrar
su puto sitio. De qué me sirven mis alas si son de papel y el viento las mece
como la túnica del verdugo. Soy el almirante de un navío y me han dado a cuatro
paletos con piedras para hundir la Armada Invencible. Soy un héroe de época y
la víctima de la misma. Odiábamos a nuestras familias porque al menos ellas
tenían un pasado.
Fuimos jóvenes hasta el momento en que empezamos a dejarnos
libros por leer. Yo, yo fui un adjetivo y me mantuve indefinido hasta el final.
El del registro me tatuó gilipollas en la frente por si las dudas. Trámites
legales, ya sabes. El de detrás de la cola se intenta colar y el imbécil se ha
llevado el claxon de su coche de imbécil para joderte más y mejor. Nunca has
iniciado una pelea pero vives con las ganas de partirle los dientes a tantísima
gente.
Cuando vuelves solo a casa sólo ves gatos y quisieras vivir
bajo cartones para parecerte a ellos. Fríos y solos como gatos pardos, como
aquel iceberg con sentimientos que se derretía en sus contradicciones.
Si me conocieras tendrías un portal a varias dimensiones
pero en ninguna de ellas hablan tu idioma. En sus lenguas faltan todas las palabras
que te sobran a ti. No te fijarías si yo fuera la luna llena porque son las
cuatro de la tarde y el más fuerte de los candiles apenas brilla ante la luz de
una hoguera. Tienes toda la información del mundo pero no sabes nada de mí.
Sabes cuándo me rompieron el corazón pero no de qué son los bordes de mis
piezas. No te hablo por miedo y si terminamos follando probablemente sea por lo
mismo. La lupa del final de la botella es un catalejo si lo que buscas son los
tesoros que nadie quiere. El alfa y la omega discuten ebrios en mitad de la
acera de la gran ciudad sobre cómo llegar a casa y acurrucarse en una cama que
nunca fue suya, para despertar con resaca en un mundo que nunca necesitó
principio ni final para seguir girando.
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domingo, 22 de marzo de 2015
asfixia
Hace tiempo que no vivo los Domingos como antes. Solían
marcar el final de un ciclo ficticio, un día de recogimiento y resaca, una
tarde de sacar a pasear la pereza y la melancolía. Por alguna razón y aunque
siga viviendo fuera del ciclo, siguen siéndolo. Porque las malas costumbres
nunca mueren.
Y es en las horas frágiles, cuando el sol cae y bajo las
chispas de lluvia muere la luz diurna, que la cabeza da vueltas, y vueltas, y
no es el mareo embriagador de la cerveza, es la neurosis de la vida
insatisfecha. Es un par de grilletes de años previos arrastrándote hacia las
espirales que habías dejado atrás. La fuerza bruta del sentimiento venciendo a
tu raciocinio.
Así que me siento y escribo. Como he hecho siempre. Escribo
porque es mejor vomitar por las puntas de los dedos que dejar la bilis en el interior
de mi cabeza. Porque, como todos los desechos del cuerpo, mejor fuera que dentro. No quieres acumular mierda de nadie en tu cabeza y mucho menos la tuya
propia, así que simplemente suelto lo que me molesta. Como he hecho siempre.
Con casi todo.
El futuro es siempre una apuesta arriesgada pero lo es aún
más estos días. Supongo que ello contribuye a que el clima de mi interior esté
perfectamente representado por la lluvia y la bóveda gris, gruesa y grave de
ahí afuera. Cuando el camino está embarrado es más difícil saber si te has
salido de él. Y eso es todo cuanto somos, ¿no? Caminos. Da igual hacia qué
dirección los sigas, vas a seguir topándote contigo mismo.
Ojalá pudiéramos sentarnos y hablar como antes. Y dejar escurrir
el Domingo en la compañía silenciosa del humo y la bebida y un par de risas y
toses. Pero como tantas cosas en la vida, los ojalás son fardos que dejar atrás
en el camino. Si cargas tu espalda con demasiados de ellos, no llegarás a
ninguna parte. Mucho menos a donde quieres llegar.
domingo, 1 de febrero de 2015
chuckle for me
Enero vuela como un caballo de carreras.
Afuera hace un viento del copón, sopla como si el organillo del cielo hubiese estado siglos sin cenar y Dios, que es de hacer las cosas tarde y mal, se dispone a recuperar las horas perdidas de faena.
Faenamos nosotros abajo, arrimando al muelle de los días los peces capturados, amasando un salario con sangre y barro bajo las uñas. El músculo tenso te pide al final de la semana su dosis de toxicidad, y tú se la das con placer.
No me acostumbro a que la vida siga siendo el mismo tren que se estrella contra su propio vagón de cola. Tendía a temer al cambio, pero joder, al viejo se lo echa de menos. Buscas profundidad en conversaciones tan profundas como el charco que dejó la lluvia corta e irresponsable del viernes, y no. Lanza tu anzuelo, dime si captas algo entre las ondas de saliva malgastada.
Acallar el silencio con algo. Sí. Morderle el cuello y el alma contra una pared mientras te liberan de tu ropa. Sí. Una risa que dure horas, hasta que la mandíbula me dé calambres. Sí. Una vida nueva, y libre y sucia que aspire a lo infinito, a llevarse los días a bocados en lugar de roer las horas que sólo quieres que pasen. Sí, y una casa en un barrio obrero, y perros en los parques y porros en la cama y edificios que se caen a pedazos cuando la música ruge. Y una guitarra, solitaria sobre las sirenas de la gran ciudad.
Y unas líneas, escritas con pulso indeciso en un pedazo de papel manchado de vino.
Volver, sólo volver.
Afuera hace un viento del copón, sopla como si el organillo del cielo hubiese estado siglos sin cenar y Dios, que es de hacer las cosas tarde y mal, se dispone a recuperar las horas perdidas de faena.
Faenamos nosotros abajo, arrimando al muelle de los días los peces capturados, amasando un salario con sangre y barro bajo las uñas. El músculo tenso te pide al final de la semana su dosis de toxicidad, y tú se la das con placer.
No me acostumbro a que la vida siga siendo el mismo tren que se estrella contra su propio vagón de cola. Tendía a temer al cambio, pero joder, al viejo se lo echa de menos. Buscas profundidad en conversaciones tan profundas como el charco que dejó la lluvia corta e irresponsable del viernes, y no. Lanza tu anzuelo, dime si captas algo entre las ondas de saliva malgastada.
Acallar el silencio con algo. Sí. Morderle el cuello y el alma contra una pared mientras te liberan de tu ropa. Sí. Una risa que dure horas, hasta que la mandíbula me dé calambres. Sí. Una vida nueva, y libre y sucia que aspire a lo infinito, a llevarse los días a bocados en lugar de roer las horas que sólo quieres que pasen. Sí, y una casa en un barrio obrero, y perros en los parques y porros en la cama y edificios que se caen a pedazos cuando la música ruge. Y una guitarra, solitaria sobre las sirenas de la gran ciudad.
Y unas líneas, escritas con pulso indeciso en un pedazo de papel manchado de vino.
Volver, sólo volver.
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