sábado, 3 de mayo de 2014

El pasadizo trazaba una línea de luz entre la oscuridad, y el prisionero se hallaba al fondo.

El eco de los pasos resonaba a lo largo y ancho del pasadizo, mohoso y húmedo. Las suelas de los zapatos despedían un sonido que,  rebotando contra las paredes del estrecho pasaje, casi hacían vibrar las rejas tras las cuales languidecía el prisionero. Los pasos, cada vez más próximos, rompiendo como un cuchillo el silencio de la celda.

El prisionero levantó la mirada lentamente.  Contra la luz intensa del final del pasadizo se recortaba una silueta oscura, de uniforme, los rasgos ocultos en la sombra.
-Ha sido difícil –murmuró como saludo el interrogador, manteniéndose erguido en el sitio.
El prisionero despegó los labios con algo de esfuerzo, movió la lengua dentro de la boca seca.
-No tendría sentido que fuese fácil.
El interrogador no contestó. En lugar de ello, buscó algo con la mirada a su alrededor. Dio un respingo afirmativo y se acercó a un rincón, llevándose consigo una silla de madera. La puso justo enfrente de la puerta de la celda y se sentó. Carraspeó.
El prisionero permaneció en la misma postura, sentado en su catre. Observó con cuidado los rasgos del interrogador. En su voz algo le sonaba familiar.
-No tienes ni idea de las ganas que tenía de verte al otro lado de las rejas.
Reconoció finalmente la voz. Aquel tono, aquel gruñido seco al final de las frases. Esbozó una media sonrisa.
-Me lo puedo imaginar.
-Oh, no, no puedes.

El interrogador sacó una cajetilla de cigarros del bolsillo del pantalón. Sacó uno y se quedó mirando al prisionero.
-¿Quieres uno? Después de todo estás entre barrotes. No creo que tengas el lujo de echar un pitillo a menudo.
Sin mediar palabra sacó la mano entre los barrotes y escogió el cigarrillo que asomaba de la cajetilla que le ofrecía el interrogador. Éste prendió el suyo con un mechero y aspiró, exhalando a continuación una nube de humo que quedó firmemente asida al ambiente opresivo de la estancia. Prendió también el cigarrillo del prisionero, quién echó una calada y se retiró de nuevo a su catre.

-¿Sabes cómo te llama la prensa?
-No acostumbro a leer vuestra prensa.
-Antimago. Te llaman Antimago. Es bastante rimbombante. E incorrecto. Tus habilidades no són exactamente ésas, pero bueno, no se le puede pedir más al periodismo amarillista.
El antimago rió por lo bajo, repasando aquel nombre en su cabeza. Había tenido peores.
-¿A qué ha venido?
El interrogador fumó y exhaló otra bocanada hacia el interior de la celda. El humo se estrelló contra los barrotes, formando figuras obtusas en la oscuridad.
-No tenemos por qué ser tus enemigos.
-Mentira. Lo sois, lo habéis sido y lo seguiréis siendo. Yo deshago lo que vosotros hacéis. Deconstruyo lo que vosotros construís. Eso es lo que soy. Mi naturaleza es opuesta a la vuestra.
-La naturaleza de un hombre es lo que el hombre hace de ella.
-Un manco no dejará de ser un manco nunca.
-Pero un villano puede convertirse en un héroe.
El antimago rompió en carcajadas. La risa seca y desagradable del prisionero atravesó el pasadizo y chocó contra las paredes revestidas de cal, reverberando durante unos instantes.
-Ése es vuestro problema. Creéis que sólo hay una óptica, una perspectiva, una forma de ver las cosas. ¿Un villano? Mírate. Mira a quienes dan las órdenes sobre los que te rodean. Mira al eslabón de mando al que obedeces. Mira qué han hecho, desde hace décadas hasta ahora, y lo que siguen haciendo. Yo no lo he olvidado y los que me siguen tampoco lo han hecho.
El interrogador miró fijamente a su prisionero.
-Conque me hablas de perspectiva. Dejemos las perspectivas, hablemos de hechos. Tu organización está descabezada. Eso es un hecho por sí mismo. ¿Cuánto crees que durarán sin mando alguno? ¿Crees que van a sacarte de esa celda? Eso no ocurrirá, Antimago. Te tenemos cogido por los huevos y podemos hacer tortilla a voluntad. Harías bien en recordarlo.
El antimago terminó el cigarrillo y lo arrojó al suelo del pasadizo. Se irguió, desafiante.
-Entonces, ¿por qué no me matas? Abre la celda. Méteme dos balas en el entrecejo. O, mejor, usa tus puños. Ni siquiera voy a pedir que uses tu poder. Sólo has de destrozarme el cráneo. ¿Tan difícil es?

El interrogador guardó silencio.

-No estoy muerto porque esto aún no ha terminado. Lo sé yo, lo sabes tú.
-Aún no, antimago –dijo el interrogador, levantándose de la silla- pero pronto terminará. Pronto terminará todo. Y veré la expresión de tu cara cuando eso ocurra. Veremos qué carcajadas llenan estos pasillos entonces.
El cigarrillo del interrogador voló a través del aire, atravesando los barrotes y cayendo al suelo de hormigón de la celda. La colilla siguió ardiendo unos segundos, hasta que se ahogó y se apagó.


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